13 de diciembre de 2019

ARGENTINA EN EL CENTRO DEL ESCENARIO DE LA ESPERANZA Y DEL ARTE DE CONDUCIR

“Gobernar es fácil, lo difícil es conducir…”, explicó alguna vez el general Perón. La razón entre otras razones, es que la conducción, planteó en sus aportes para la conducción política, es un arte. El escenario esperanzado de la Argentina en la que asumen la conducción de la Nación, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, deja ver que existe en ellos la convicción de que el pueblo argentino vive un tiempo histórico singular y, por lo tanto, hay que descubrir sus rasgos, sus leyes, sus acontecimientos para trabajar en sus objetivos. 


Por Alejandro C. Tarruella

El nuevo amanecer
“Gobernar es fácil, lo difícil es conducir…”, explicó alguna vez el general Perón. La razón entre otras razones, es que la conducción, planteó en sus aportes para la conducción política, es un arte. El escenario esperanzado de la Argentina en la que asumen la conducción de la Nación, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, deja ver que existe en ellos la convicción de que el pueblo argentino vive un tiempo histórico singular y, por lo tanto, hay que descubrir sus rasgos, sus leyes, sus acontecimientos para trabajar en sus objetivos. Tal vez habrá que tomar las elecciones del 24 de febrero de 1946, las del 11 de marzo de 1973 y las presentes, para establecer hoy que el peronismo logró convertir una elección  general en el punto de partida de una transformación político, social e histórica como pocas veces ha ocurrido en el mundo. Y esa singularidad sea hoy uno de los lugares donde encontrar el camino hacia diversas respuestas.
El escenario del 10 de diciembre, con alrededor de un millón de personas movilizadas a la asunción de Alberto y Cristina, con la alegría y el fervor recorriendo las calles, acabando con las vallas del absurdo en la Plaza de Mayo, cientos de personas mojándose los pies en la fuente, fue el de la recuperación del Estado de Derecho, el avistar días de justicia social, de soberanía política y de sentir que el pueblo se paraba en la reconstrucción de la Patria Grande. El Papa Francisco se anticipó a este amanecer al decir que “Ante todo se trata de recorrer las vías de la integración hacia la
configuración de la Unión Sudamericana y la Patria Grande Latinoamericana. Solos, separados, contamos muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos y dependientes de los grandes poderes mundiales” (prólogo del libro del oriental Guzmán Carriquiry, “Una apuesta por América Latina”).
La deuda o la vida
Y desde ese lugar de partida, con el pueblo vibrando en la hora de esa suerte de resurrección, se establecía que los problemas de la Argentina, el hambre, la falta de empleo, la deuda externa y otros, son de carácter político en lo profundo y en lo cotidiano. No se trataba como derivan y engañan los medios de comunicación que no aceptan el nuevo tiempo, de señalar, remarcar y alucinar, que el drama comienza y termina en la deuda externa y la economía. No. Esos medios corporativos, que en estos años se dedicaron a amenazar a su público, a exigir que se paguen las tarifas usurarias, que se acostumbren a que los formadores de precios pasen por encima de la Constitución y las leyes en un sistema donde no había ciudadanos. Sí. No había ciudadanos ni personas, ni siquiera clientes, solo zombies sospechosos teledirigidos por
tarjetas y chips que demuestran de modo permanente, que son investigados cuando hacen una compra, pagan el pasaje del transporte o intentan realizar un trámite. Se había acabado prácticamente con la presencia humana. La fórmula de los gurúes de las pantallas y el poder político que se fue, era más o menos: la deuda o la vida.
Ese poder que endeudaba para fugar divisas por miles de millones y enriquecer a la globalización y a sus empleados (los funcionarios del gobierno saliente comenzando por el presidente). El hambre era la fórmula a tal punto que, cuando el sábado 7, la Universidad Católica anunció que la pobreza en el país, superaba el 40 por ciento, muchos observaron lo casual no tan casual, de que esos fueron los números que logró (entre gallos y medianoche) el ex oficialismo en retirada y en quiebre. Los funcionarios en partida en tanto, procuraban llevarse hasta los picaportes de las puertas de los ministerios y dependencias. Contaban estos días, funcionarios del nuevo ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, que llegaron a sus oficinas y no tenían ni teléfonos. Cuando Abel Fatala (ingeniero de la universidad del Estado) concurrió a resolver la instalación de las luces de la imagen de Evita en el edificio del ministerio de Desarrollo Social, tuvo que hacer un  procedimiento especial. Sucede que los funcionarios de Carolina Stanley, se había llevado para engrosar su patrimonio personal, el sistema electrónico que iluminaba la imagen de Evita, que habían prohibido y colocado fuera de la ley. En la casa presidencial de Olivos, los empleados tenían que impedir, cuando podían, que no hurtaran los funcionarios macristas, hasta los colchones.
La simbolización del saqueo hormiga se une a la del realizado a través de la generación de una deuda externa que oprima el cuello y la existencia de los argentinos. Lo que se relata es a modo de comprender porque, ese desgobierno cuyos jefes (ahí no hay conductores) pretendían quedarse 20 años, como recuerdan empleados de la casa de Olivos que convivían con ellos, creía al modo de los nuevos ricos o los cortesanos que creen ser el rey, que no había país sino una propiedad privada a enriquecer hasta la destrucción del otro. “Nada de sólido y duradero podrá obtenerse si no viene forjado a través de una vasta tarea de educación, movilización y participación constructiva de los pueblos”, explicaba el Papa Francisco.
No hay tiento que no se corte
Se diría entonces que hay una comprensión común entre la máxima dirigencia política argentina y el pueblo. Hubo sencillez en las exposiciones.
El Presidente Alberto Fernández, dijo al asumir su cargo que “Los vengo a convocar, sin distinciones, a poner a la Argentina de pie. Para que comience a caminar. Paso tras paso. Con dignidad. Rumbo al desarrollo con justicia social. Hoy más que nunca, es necesario poner a la Argentina de pie como condición necesaria para que vuelva a caminar. Ello supone, antes que nada, recuperar un conjunto de equilibrios sociales, económicos y productivos que hoy no tenemos.” Allí hay una clave, desarrollo con justicia social. Comunicación directa, cuerpo a cuerpo. Sucede cuando el discurso no es
atravesado por la amenaza de la deuda sobre la existencia de miles de ciudadanos.
La deuda, es una soga el cuello con la que la globalización –que no creó nada nuevo-, adopta el régimen de los usureros que buscan mantener al prisionero de su sistema, pagando intereses de por vida porque se sostienen sus intereses sobre la prisión económica financiera del otro. De ahí que cuando algún economista como Juan Valerdi o Walter Formento exponen que hay mucho de absurdo en ese método, ya que, si existen la deuda y la usura internacional en un sistema desorbitado, hay quienes tienen bonos de deudas en cantidades que carecen de sentido si no se usan. Y si alguien que tiene esos “papeles” en cantidades (China) propone en planteo solidario, “pagamos nosotros esa deuda porque tenemos la deuda de ellos en millones de papelitos”, el sistema usurario (la globalización, los fondos buitres y todo tipo de filibusteros con chapa), el “mundo” usurario tiembla. Y tiembla porque el sistema capitalista de la globalización en retirada, tiene la lógica del usurero de barrio: quiere mantener la soga en el cuello del prisionero en la pobreza, la deuda permanente, diaria, hora a hora, y no que el ahorcado se ponga de pie, junte unos pesos y la pague para sacarse la soga y acabar con el sistema. Esto que se intenta explicar en términos sencillos, sucede hoy –cuando la Argentina tiene conducción política e histórica en Alberto y Cristina- porque vivimos días en los que la globalización retrocede hacia su final. De algún modo, y a su modo, José Hernández lo expuso en su “Martín Fierro” cuando recordó al pueblo gaucho que “No hay tiento que no se corte/ ni tiempo que no se acaba”. Vale repetir estos versos profundos y verdaderos.
Nadie dice que vaya a suceder lo que se aventura. Tampoco hay quien sea capaz de afirmar lo contrario. Y en esa incertidumbre resulta que la conducción es una base de sostén de una transformación. La conducción visualizada en quienes llevan adelante la dirección de un proyecto como sucede hoy en la Argentina. La misma Cristina, recordando a Perón, decía en su discurso de Sarandí que cada uno es un dirigente ante las necesidades de organizar a la sociedad. Y advertía que “Los vengo a convocar, sin distinciones, a poner a la Argentina de pie. Para que comience a caminar.
Paso tras paso. Con dignidad. Rumbo al desarrollo con justicia social”. “Hoy más que nunca, es necesario poner a la Argentina de pie como condición necesaria para que vuelva a caminar. Ello supone, antes que nada, recuperar un conjunto de equilibrios sociales, económicos y productivos que hoy no tenemos”, resumía. Respecto a falsos dirigentes, sumados a la danza facilista de la cortesanía de Estado (estamento a reducir por su capacidad de traición y lo poco necesario de sus actos) decía que “Cuando ha participado en partidos políticos durante toda la vida, la propia endogamia de los partidos políticos hace que los propios dirigentes se sientan más importantes que la sociedad”.
A quienes apuntó Cristina
Derivados del consumido concepto de la vanguardia y la militancia, entendidos como “categorías” que sustituyen al pueblo, mucha dirigencia adoctrinada a saco y corbata, y asistencia perfecta a las secretas ceremonias de la cortesanía que deriva de la nobleza, pretenden resumir su papel, en una exhibición de banderas exuberantes y organizaciones presuntamente
populares – se diría más cercanas a la absurda, aunque pesada, mercantilización de la política-, en tomar el lugar del pueblo. Hay exagerada cantidad de acaso dirigencia de sectores populares heridos de hambre, por parte de presentables dirigentes de sectores medios y medio altos, que gustan de mandar y asistir a las pantallas. Es curioso, que durante décadas sostienen sus beneficios de notoriedad sin que hayan surgido en esas entidades, un dirigente de sus bases. Un pobre dirigente de pobres. A eso apuntaba Cristina, entre otras cosas y hay que tenerlo en cuenta para trabajar en los cambios necesarios. Es necesario que salgan a la cancha dirigentes jóvenes, nuevos, no tristes fotocopias de un modo de simulación derivado en parte, de las necesidades de los poderosos.
El señalamiento no expresa un aspecto a resolver ya. Es una advertencia del camino porque la transformación implica comenzar a levantar un país con producción sostenida en el trabajo, el derecho a la educación, a la vivienda, a la salud, a la educación y la cultura, a participar de la innovación y el país que viene. “Los únicos privilegiados son los que han quedado atrapados en el pozo de la pobreza y la marginación”, esclareció Alberto Fernández al asumir. Y propuso que "La idea de un nuevo contrato de ciudadanía social supone unir voluntades y articular al Estado con las fuerzas políticas, Los sectores productivos, las confederaciones de trabajadores, los movimientos sociales (que incluyen al feminismo, la juventud y el ambientalismo). Vamos a sumar también al entramado científico-tecnológico y a los sectores
académicos”.
La transformación exige nueva dirigencia, nuevas propuestas productivas con centro en pymes, en la universidad pública, en la administración solidaria de los fondos del Estado, en la solidaridad como centro de la acción política y social para que los más necesitados sean protagonistas de los cambios. Y en ello la condición de la mujer, hoy exigida por la sociedad, como lo planteaba Evita: “Lo exige, en suma, la transformación del concepto de mujer, que ha ido aumentando sacrificadamente el número de sus deberes sin pedir el mínimo de sus derechos”.


Fuente: Pensar al Sur