20 de noviembre de 2019

GOLPE EN BOLIVIA: .EL MESIANISMO RACISTA COMO MODELO CONTRA-REVOLUCIONARIO. INFAMIA EN EL PALACIO QUEMADO

Infamia: “maldad o vileza que afecta el honor o crédito de una persona”. En la cultura política de la antigua República Romana, la infamia era la “degradación del honor”, pero específicamente en la dimensión civil de una persona. A partir de lo realizado en el ejercicio  -ilegítimo-  del poder político por parte de Jeanine Añéz en tan sólo cinco días, podemos identificar uno de los casos más infames de la política sudamericana de las décadas recientes.   

 


Por Fabian Lavallen Ranea.

 

Prolegómenos al desastre.

Cuando una persona era catalogada de “infame” en el mundo romano, esto implicaba que aquel ciudadano considerado así por el censor, ya sea por la acción vil o malvada que había ejecutado, ya no podía acceder a cargos públicos ni ejercer su derecho de votar en la asamblea, es decir, que veía mermadas o directamente anuladas sus facultades sociales. Con el breve itinerario que describimos de la primera mandataria boliviana, debería privársela de presidir cualquier organismo público, e incluso hasta de un consorcio de edificios o una asamblea vecinal.

1.- Primera fase: violencia represiva al calor de los pasteles.

La trasnochada Jeanine Añéz sólo tenía que hacer una cosa, exactamente todo lo contrario a lo que hizo. No debía violentar los mecanismos institucionales (ya que supuestamente venía a encauzar la legalidad del orden político). No debía subirse a la grieta boliviana, favoreciendo el “juego de suma cero” de los clivajes que el país ya posee, y no debía alimentar tampoco la grita regional. No debía gestionar el poder como si fuera un gobierno racional y legalmente instituído por el voto popular, mucho menos estigmatizar y permitir la persecución de los líderes del gobierno saliente. No debía estimular la violencia racial ni el revanchismo, en una país que posee una larga trayectoria de segregacionismo y apartheid en sus clases hegemónicas. Pues bien, hizo todo lo contrario.

Fue en contra de toda racionalidad y legalidad. Primero no hizo lo único que debía hacer: llamar a elecciones rápidamente. Habiendo tenido sólo un 4% de votos en las últimas elecciones, se sintió con el respaldo popular suficiente para refundar Bolivia en menos de cinco días. Le cambió el nombre al periódico oficial del gobierno (el diario Cambio, ahora es “Bolivia”), designó ministros como para “gobernar” Bolivia, dándole poder a personajes que son por lo menos “cuestionables”, expulsó a ciudadanos venezolanos y cubanos, persiguió periodistas, y menospreció todos los protocolos políticos y diplomáticos.

Pero lo más grave: le dio carta blanca a las fuerzas de seguridad para reprimir, y usar todos los recursos de la violencia estatal para frenar las marchas, sin ningún tipo de responsabilidad ante la justicia. Les dio impunidad legal a unas fuerzas que, aunque no la tuvieran, hubieran buscado salvajemente la forma de sublimar la impotencia de casi catorce años de ver a un indio como comandante en jefe.

Así comenzó una cacería feroz contra los masistas y evistas, contra indígenas, contra líderes de izquierda, contra ex funcionarios, contra intelectuales y periodistas afines a Evo Morales, contra referentes de los movimientos sociales, y contra cualquiera que no profese la visión fundamentalista y retrógrada de la Bolivia blanca y elitista.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos cuestionó la gravedad del decreto, por considerar que el mismo “desconoce los estándares internacionales de Derechos Humanos”. Pero nada importó, prosiguieron, y prosiguen mientras se escriben estas palabras, con una de las peores persecuciones políticas del continente, que ya se cobró por lo menos 23 muertos.

Pero a pesar de las protestas de algunos organismos, y de parte de la comunidad internacional, las matanzas parecen no detenerse. Hay en esto una enorme responsabilidad de la OEA, en no saber o no querer contener la escalada de la violencia política. Sobre todo es cuestionable su polémica parcialidad, como también su miopía política y falta de diplomacia.

Sin dudas a partir de esta crisis la OEA ha perdido un enorme caudal de credibilidad y respeto ante los países latinoamericanos. Como bien lo dejó en claro el periodista Eduardo Febbro recientemente, la OEA, a diferencia de las Naciones Unidas (organización que cometió muchos errores en crisis como al de la ex Yugoslavia, pero “antes” de las matanzas), posee una enorme responsabilidad en haber sido factor desencadenante, o por lo menos, estimulante de las violentas reacciones.

2.- Segunda fase: la violencia simbólica y mediática. El mensaje “debe quedar en claro”.

No circunscribamos el análisis de lo acontecido con el gobierno de facto de Bolivia sólo a esa evidencia, el de la violencia física, que a pesar de ser contundente para catalogar a esta transición como de tiránica y fascista, nos muestra sólo una faceta incompleta del modelo que pretende ejecutarse en el país hermano.

Observemos el marco general de lo constituído como lógica contra-revolucionaria, donde no escapan los elementos de represión simbólica: por un lado la persecución estigmatizadora, y por otro, la banalización y la desvirtuación de la historia reciente.

Arturo Murillo, recién nombrado ministro, indicó que comenzaba una “cacería” con funcionarios del gobierno del MAS. Así, como se lee, cacería. En complemento con este morbo, comenzaron las purgas en los domicilios de los más altos líderes del gobierno renunciante, lo que incluyó los domicilios privados de la familia de Evo Morales, y la propia casa de García Linera, a quien entre otras cosas, le destruyeron su biblioteca personal que tanto años le llevó acopiar (muchos de esos volúmenes comprados en Buenos Aires), con algo más de 30.000 volúmenes especializados en ciencias sociales y políticas.

Aunque este dato sea algo totalmente menor comparado con la tragedia social desatada, la destrucción de la biblioteca de Alvaro García Linera posee un altísimo significado. Debe tenerse en cuenta que es claramente ilustrativo del modelo que pretendemos describir, donde la persecutoria ideológica avanza con este tipo de “imágenes” represoras y retardatarias. Los cuadros, los libros, las fotos de los casi 14 años de gestión, de experiencias, de debates y transformaciones, debían verse arrojados al piso, quemados, rotos.  Y por supuesto, debían fotografiarse. De manera obsena.

Para coronar esta estrategia de violencia comunicacional, como era previsible, nombró a una odiadora profesional al cargo de Ministra de esa cartera, la periodista Roxana Lizárraga, como punta de lanza de la persecución ideológica. Lizárraga, quien durante 14 años tuvo libertad para decir las cosas más aberrantes del gobierno de Evo Morales sin ningún fundamento, hoy es la principal instigadora de la persecución, realizando uno de esos actos que quedarán impresos en los manuales de historia del continente como los más bajos e inmorales: la filmación del “lujoso” cuarto del presidente en la Casa de Gobierno, mostrando la insolencia de un indio pretendiendo dormir cómodamente en una cama confortable.

A este banal reduccionismo, es decir, pretender mostrar como inmoral que un líder cocalero que llegó a la presidencia no debería poder dormir en una cama moderna y lujosa, se sumaron muchos medios rápidamente, despertando un doloroso morbo regional, al que incluso se sumaron desde México, donde pretendieron mostrar como obsceno también el hecho que Morales almorzara en un restauran de lujo.

Aclaremos de paso (a pesar de lo lamentable), que el restaurant tuvo que emitir un comunicado explicando que Evo Morales sólo utilizó las instalaciones del lugar para realizar actividades de comunicación y reuniones, consumiendo sólo café y agua.

Pero la banalidad nos sólo regional. El prestigioso diario El Mundo de Madrid, en lugar de detallar las atrocidades de la mandataria boliviana, prefirió hablar de su estética moderna y sensual, en una nota titulada “La Angelina Jolie del legislativo boliviano”, donde enfatiza ser una mujer “glamurosa, con la melena rubia, elegante y de buen porte”.

Muchos de esos medios tienen reparos en ilustrar la situación boliviana con los cuerpos de algunos de los 23 muertos que ya se cobró la represión. Y cuando lo hacen, suprimen el verdadero sujeto de los titulares. Las muertes es siempre culpa de “la crisis”, no del gobierno. La gente muere casi por combustión espontánea, o por un hecho fortuito del destino, no por la ferocidad de las fuerzas armadas ante la impunidad otorgada por “Angelina”.

3. –Tercera fase: refundación al calor de la biblia y la desmemoria.

En numerosas notas hemos desarrollado en este mismo medio, Pensar al Sur, como la desmemoria política se ha transformado en una de las principales herramientas de dominación cultural, tema del que nos hemos ocupado en artículos sobre Chile, Perú, Paraguay e incluso la Argentina. En el caso actual de Bolivia, la recuperación de la desmemoria no se hizo esperar.

Ya comienza a recorrer los pasillos del poder en la Paz la idea de indulto, sobre todo a viejos líderes políticos que han sido repudiados de Boliva, como es el caso de Gonzalo Sanchez de Losada. El Goni, como se lo conocía, llevó al país a una de las peores crisis de su historia, y fue hallado responsable de ejecuciones extra-judiciales en el año 2003. Pero a la presidenta Añez no parece importarle que sea el culpable de casi 70 muertes en aquellos años. Para ella y la amnesia política que propone, ningún boliviano puede estar condenado a no vivir en su patria, por el “simple hecho de pensar distinto”.

En eso quedan reducidos los gravísimos crímenes del Goni. Eso es la desmemoria: banalizar los crímenes y tergiversar la historia, a través de slogans que suenan a sentido común y a cordura, pero esconden una bestial interpretación del mundo. Eso si, desde una estética y un lenguaje de las buenas y sanas costumbres. Desmemoriados pero prolijos.

Asimismo, la sobre-exposición de la Biblia en su “llegada” al Palacio Quemado, sólo evidencia  -en una país de absoluta mayoría indígena- la promoción de un discurso con un claro fascismo evangélico, retrógrado y segregacionista. No es nuestra lectura, es la exégesis que los principales protagonistas del gobierno de facto realizaron de su ideología, como puede constatarse en los innumerables discursos, declaraciones y twits de ellos mismos, donde explicitaron su desprecio a las clases populares, a los aborígenes, a los campesinos, e incluso en general a toda la cultura del Altiplano ancestral.

Añez tildó sin tapujos como “satánicos” a los aymará, explicando que su paganismo condenaba a la república hacia un destino siniestro. Ella vino a corregir ese desvío. Ella recupera a Bolivia hacia su “verdadera” senda.

Se parece mucho, lamentablemente, al objetivo planteado por Augusto Pinochet cuando debió expedirse sobre el horizonte que se había trazado luego del golpe contra Allende en 1973. El viejo dictador fue enfático: recuperar la “chilenidad”, la verdadera chilenidad.

Resta ver si la recuperación de la “verdadera” Bolivia, se parece en algo al Estado Plurinacional que logró distribuir el crecimiento hacia las clases subalternas como nunca antes, a ese estado que disminuyó la pobreza, creo empleo, alfabetizó todos los rincones del páis, llevó salud hacia lugares insondables del país, y dignificó al Pueblo, o a la vieja república aristocrática que se hizo famosa por aplastar identidades y negar derechos.

 

 


Fuente: Pensar al Sur