28 de octubre de 2019

El desborde en Chile. ¿Nuevo ciclo de una rebelión popular?

¿El aumento del boleto del Metro desató una rebelión? El gran detonante que encendió la chispa y que transformó una protesta en una rebelión, fue sin dudas la tipificación como “delito” la evasión del pago del boleto, por parte de una clase política plagada de denuncias de corrupción, de evasión de impuestos y paraísos fiscales, a lo que se agregó la criminalización de la protesta, y la declaración de guerra a un “enemigo” que costaba identificar como tal.


Por Fabián Lavallén Ranea.

 

1.- La República de Chile volvió a Latinoamérica. Bienvenida!

Hace dos años en este mismo espacio (ver:“Vuelve la derecha a Chile: otro caso de desmemoria y anti-política en nuestra región”, Pensar al Sur, 18 de Julio de 2017), cuando se acercaban las elecciones que encumbrarían a Piñera presidente de Chile, dijimos que el éxito del empresario neoliberal sería un retroceso para la democracia chilena, y dábamos un cuadro de la efervescencia política en el país trasandino de esta manera:

“El descontento es fuerte en el electorado. La frustración por los cambios que sobrevendrían y no reverdecieron es alta. Las luchas obreras están a la orden del día, con un sindicalismo más confrontacionista, con mayor coordinación, y chispeos anti-sistema. La precarización del trabajo y la falta de reformas claras en el sistema educativo, las deudas sociales y el crecimiento de los movimientos “anti-corrupción” siguen presionando a los partidos hacia una mayor renovación”.

Como vemos, el aire de descontento se viene respirando hace años, y sólo faltaba una chispa o una provocación. Y la provocación llegó. Como sabemos fue el aumento del boleto del Metro el que generó las primeras protestas el pasado lunes de Octubre. El Ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, aconsejó muy suelto de cuerpo que “para no pagar más caro el pasaje”, el pueblo se levante más temprano así aprovecha la banda horaria económica.

Primero fueron evasiones espontáneas para no pagar, y luego reclamos cada vez más duros. Pero entendamos: el aumento del Metro no es sólo el aumento de un transporte cualquiera. En la forma en que está diagramada Santiago, el Metro es un medio de acceso irreemplazable para poder trasladarse de la periferia urbana al centro del trabajo y los negocios. Es la columna vertebral del sistema de transporte. Es una puerta, un peaje. Además, el transporte en Santiago es uno de los más caros del mundo, tomando en proporción la magnitud de los sueldos.

Pero el gran detonante que encendió la chispa, y que transformó una protesta en una rebelión, fue sin dudas la tipificación como “delito” la evasión del pago del boleto por parte del gobierno, y la complementaria criminalización de los reclamos. A eso hay que sumarle la declaración del estado de emergencia, con toda la represión que eso supone, y por si faltara poco, la declaración de guerra a un “enemigo” que costaba identificar como tal. Si lo miramos en su contexto central, el gobierno tiene esta reacción hacia las protestas en momentos que la clase política chilena atraviesa quizás el período de peor imagen en toda su historia, con denuncias de corrupción tanto por derecha como por izquierda, evasión de impuestos, paraísos fiscales, etc. Esa misma clase política es la que criminalizó a los estudiantes, y luego los reprimió. No se necesitaba mucho más para el desborde. Y el desborde llegó.

A los primeros jóvenes estudiantes que protestaban, se fueron sumando adultos, trabajadores, organizaciones sociales, luego sindicales, etc. Y aparecieron los “cacerolazos”, que en Chile poseen una densidad simbólica muy fuerte, siendo el primer país de América Latina donde se registraron, cuando se vieron en calles de Santiago a modo de protesta contra el desabastecimiento del gobierno socialista de Salvador Allende (vaya paradoja!).

Ante esta rebelión popular el gobierno respondió con soberbia y dureza. Mucha dureza. Se propagaron los saqueos, los cuales eran hasta hace pocos años vistos en Chile como “patrimonio de la región” (por lo general de la Argentina),  pero no de la “Suiza” trasandina. Y luego los incendios de locales, los desmanes, los robos, la sangre, las muertes.

Las organizaciones de Derechos Humanos comenzaron a denunciar torturas y abusos en los primeros días de represión. El Instituto Nacional de Derechos Humanos llegó a denunciar que en las paradas del metro se encontraron rastros de sangre y amarras, donde las fuerzas armadas comenzaron una feroz golpiza y detención de menores. Progresivamente, a medida que pasaban los días y las represiones, la gente movilizada comenzó a multiplicarse. Se habla de un crecimiento de un 500% la cantidad de gente movilizada a los cuatro días de protestas, llegándose al pico de por lo menos un millón de ciudadanos movilizados el pasado viernes cuando la rebelión alcanza su pico.

Comenzó siendo una reacción a las medidas del gobierno, que se transformó en un “rechazo popular” a la represión del gobierno, y ahora ya es un rechazo pleno al gobierno, a secas. Se sumaron todo tipo de organizaciones y banderas, símbolos y estandartes. La multiplicidad de actores y representaciones sorprendió a muchos. Podían verse banderas de Colo-Colo al lado de la Universidad de Chile o la Universidad Católica. Las fuerzas armadas y las de seguridad entraron rápidamente en tensión, cuestión impensada en el Chile de la Concertación, o de hace unos pocos años. Se incendiaron imágenes de Piñera, y del Ministro del Interior de Chile. Hasta tuvieron que desalojar el Congreso en Valparaíso porque las protestas eran por demás violentas.

2.- Rebelión en el país de las Maravillas.

A medida que las protestas se amplificaron, y la represión por parte del gobierno se fue haciendo cada vez más fuerte, comenzó a sentirse que más que una protesta se estaba gestando una rebelión. Pero una rebelión en un país donde no se dan rebeliones. Un país que fue laboratorio de los jóvenes graduados de la Universidad de Chicago, liderados por Milton Friedman, y donde se aplicaron las leyes del mercado de manera bestial y profunda. Pero por sobre todo, en un país donde la participación política se licuó de la mano de la anti-política.

En los múltiples artículos que leemos a diario sobre Chile en estos días, se cita esta “herencia neoliberal” de la Dictadura. Pero recordemos que mucho más profunda es la “otra herencia”, la herencia cultural. Con la llegada del régimen pinochetista en 1973, Chile transitó un notable proceso de “despolitización”, uno de los más profundos y potentes de la región. Quizás el más grave. Alberto Mayol, quien ha sido uno de los intelectuales que mejor ha estudiado esa orientación chilena, observa que al día de hoy no ha sido alterada del todo esa mirada negativa sobre la política. La política fue ubicada en el conflicto, la polarización, la división interna y la violencia, y por ello la gente debía tomar distancia de la misma, dejando que los técnicos, los expertos supuestamente desideologizados, “ocupen” el espacio de la gestión y la administración del estado.

Esa cultura política estimuló la protección de los “guardianes de la economía”, las grandes corporaciones, dejando ante las condiciones de la intemperie económica a las pequeñas y medianas empresas. Y así se fueron empobreciendo las fibras sociales del país, concentrando el poder, elastizando las condiciones de trabajo y banalizando el rol de los sindicatos. Todo esto, por supuesto, orientando las expectativas de la comunidad hacia el consumo y desactivando cualquier forma de participación política. Asimismo, en complemento con ese cuadro, el arte, la música, la literatura, perderían sus rastros de lucha, sus signos de interpretación del mundo, su potencia colectiva, su alma social.

Pero en el 2011 ese imaginario comenzó a romperse. A partir de las movilizaciones estudiantiles y la efervescencia política que desató, se resquebrajo el “canon político – cultural” chileno. Ahora no sólo se reclama por un aumento desmedido del boleto, sino que también se pide por una mayor participación política del pueblo en las decisiones, por nuevos canales institucionalizados, por otras formas de gestionar lo colectivo, e incluso otra forma de pensarlo. Ahora se pide por todo. Por las pensiones, la salud pública, los magros salarios, la educación -que es la más cara de región-  casi inaccesible, y también por la Constitución, el gran baluarte de la derecha.

Por todo esto es una rebelión, o quizás aún más, una auténtica Revolución, si se la observa en su larga duración. Pensemos lo siguiente: una de las revoluciones más importantes de los últimos cincuenta años fue sin dudas la Revolución Islámica de Irán. Hasta sus más grandes detractores reconocen la trascendencia que ha tenido. Ya sea por el impacto que tuvo en su país, por la gravitación internacional que alcanzó, la potencia ideológico-religiosa que irradió, y por sobre todo, por la gran alteración que generó al tablero geopolítico de Medio Oriente, pero todos reconocen su importancia global. A dicha Revolución se la sitúa siempre en 1979, año de su eclosión, pero fue gestándose desde 1964, de a poco, con un fuerte andamiaje cultural, con anclajes profundos en la sociedad iraní. Salvando las enormes distancias obviamente, aquí sucede lo mismo. Debemos mirar el arco temporal amplio: las protestas del año 2011, primera gran erosión de la cultura política chilena, y todo lo que de esa primera eclosión quedo pendiente.

Eso es lo que está sucediendo: un salto cualitativo en las demandas del 2011, lo que debe leerse también como un llamado de atención para la dirigencia que surgió de ese emblemático año, y que no supo, o no pudo, llevar adelante los cambios sobre los que había tanta expectativa. Ahora esos reclamos aparecen todos de golpe, desarticulados, arremolinados, con mayor vehemencia.

Esta rebelión no posee liderazgo evidente, y casi no hay oradores. La espontaneidad hace caer cualquier hipótesis de injerencia externa. El itinerario de la revolución gestada en Chile no permite identificar ninguna planificación, más allá de algún ridículo conspiranoico que en cualquier movimiento social ve la mano diabólica del castrismo. Plantear que lo que sucede en Chile es por influencia de Venezuela o por una conspiración marxista latinoamericana, castrista o chavista, no sólo es una grave falta a la verdad, es una demostración de absoluta ignorancia sobre la situación del país trasandino. Y cuando esa aseveración la hace alguien con conocimiento del tema, es un indicador desde el “lugar” del que habla u opera.

Con el correr de los días diversas organizaciones fueron asumiendo la dirección de la movilización, o al menos tomaron algunas riendas con el horizonte de capitalizar políticamente toda esta fuerza social. Entre éstas, la articulación Unidad Social es un espacio donde hoy conviven agrupaciones estudiantiles, organizaciones territoriales, sociales, feministas, etc, y parecería ser uno de los principales aglutinantes. La heterogeneidad de grupos y espacios políticos que participan de las protestas es notable, desde organizaciones barriales, hasta grupos indigenistas, sindicalistas, gremios de base, plataformas docentes, estudiantes, etc.

Lo que podía observarse por parte de la gente movilizada en las protestas, más allá de los desmanes inevitables, no es ira ni odio. Por supuesto hay dolor, sobre todo de los familiares de los heridos y fallecidos, y también hay enfado. Pero el clima general, como puede verse tanto en los medios como en las redes sociales, no es el odio, sino la alegría. De alguna manera el pueblo de Chile sabe el puerto al que llegaran todas estas manifestaciones. Se intuyen en el horizonte las innegables transformaciones políticas que traerá este proceso. Como sabemos, las multitudes no odian, porque no odian aquellos que acceden a nuevos derechos. Los que odian son las minorías (las “oligarquías” diría el genial Jauretche) que pierden los privilegios.

Lo dejó en claro en un mensaje privado la primera dama de la República, Cecilia Morel, cuando a una amiga (ex amiga seguramente) le reconoció que a partir de ahora deberían “disminuir los privilegios” y repartir un poco. Difícil encontrar una expresión más elocuente de tamaña pedagogía política, absolutamente inconsciente por cierto, de la María Antonieta trasandina, la cual no comprendió la revolución que se gestaba en su país, calificándolos como “alienígeneas” a los ciudadanos de a pié que pedían derechos sociales. Quiso el destino que la fina y encumbrada Cecilia “pierda la cabeza” en un mes de Octubre, al igual que su émula francesa en 1793.    

La sociedad reclama ahora un cambio estructural, pero también cultural de la política y la economía. Como dijimos, quizás el eje de la tormenta sea la Constitución, herencia maldita del pinochetismo que permanece en la vida institucional chilena a pesar de las críticas y acuerdos de reforma. En ella se ven –más simbólicamente que de manera real- ancladas las desactualizaciones del modelo político y cultural. Plantear en el horizonte una eventual Asamblea Constituyente es casi un ejercicio diario en Chile desde hace varios años. Es más una aspiración motivacional que un objetivo político. Posiblemente este quiebre institucional que representa la crisis, con la desobediencia civil, un presidente pidiendo perdón, la renuncia de todo el gabinete ministerial, etc, sea la verdadera llave para acceder a la sala de reformas claves, aunque no es fácil.

Un elemento positivo para pensar que posiblemente “ahora sí” se acceda a una carta magna propia de los tiempos que corren, sea el hecho que gran parte de las organizaciones que pugnan en el proceso político van más allá, y no ponen como punto de llegada la Constitución, sino que ese sería sólo el inicio de toda una nueva estructura y acuerdo político, con una impronta desde la participación popular, incorporando plebiscitos y hasta reformas en la orgánica del estado.  

Epílogo: bienvenidos a mi fiesta!

Antes de fin de año Chile debe recibir y ser el anfitrión del Foro de Cooperación Económica Asia – Pacífico (APEC), y la Cop 25 sobre Cambio Climático. La APEC es el principal foro que promueve la cooperación económica, la liberalización del comercio y las inversiones en la región Asia Pacífico. Creado en 1989, por iniciativa de Australia y Japón, tiene a Chile como organizador de las múltiples reuniones y de avances específicos. La COP por su parte, es la “Conferencia de las Partes”, el órgano de decisión supremo de la Convención Marco de las Naciones Unidas (CMNUCC) para el Cambio Climático. Con la filiación de casi doscientos países, la COP se reúne anualmente para observar el avance en la implementación de la Convención, y para decidir sobre nuevas propuestas e instrumentos de mitigación del cambio climático. Luego de la organización de anfitriones rotativos por cada continente, este año también le toca a Chile recibir y coordinar este foro multilateral.

En cuanto a la primera de estas organizaciones, la liberalización del comercio que dicha organización representa, entra en tensión –utilizando un concepto por de más benévolo- con las representaciones demandadas en toda la crisis “ampliada” de Chile  (2011-2019), ya que suele observarse desde las organizaciones de base, tanto sindicales, sociales, estudiantiles, de minorías, indigenistas, de trabajadores, etc que los múltiples acuerdos que nacen del seno de la APEC, afectan a los sectores económicos más desprotegidos, los que constituyen una miríada de pequeños enclaves productivos por donde también pasa la economía, como es el caso de los productores agropecuarios que se ven obligados a producir alimentos alterados genéticamente, con insumos de altísimo costo, y enorme impacto social y cultural.

Pero al margen de lo que estos eventos multilaterales representan, la pregunta es ¿cuál es la legitimidad con la que el presidente Piñera puede llegar a negociar o proponer cosas ante el resto del mundo, luego que millares de pancartas reclamaban  -y reclaman-  su renuncia? ¿Puede Chile seguir mostrando la convicción sobre “su modelo”, y la solidez que el mismo poseía hace pocos días?

Estamos viviendo sin dudas un cambio epocal inédito, no sólo en Chile, en toda la región. ¿Será quizás el agotamiento de un modelo a nivel regional? Si no lo es, al menos dicho modelo se encuentra ante un gran desafío en su legitimidad y aceptación, que en países como en Chile parecían robustas e incuestionables. Asimismo, esta crisis derramó una gran solidaridad desde organizaciones sociales de la región hacia el país trasandino, y porque no, podría transformar una empatía coyuntural de sectores populares, en un caudal político sin precedentes, y hacia un lugar insospechado.

 

 


Fuente: Pensar al Sur