14 de octubre de 2019

EL CAPITAL FINANCIERO Y LAS POTENCIAS EMERGENTES

Este trabajo hace una interpretación del derrotero del capital a partir del ascenso de la fracción financiera a la hegemonía del capitalismo. Se sobrevuelan los principales períodos y se enfatiza en algunos puntos no exentos de polémica:

  1. De la crisis de 1929/33 se salió definitivamente por la Segunda Guerra y no sólo por el New Deal.
  2. Los llamados ¨treinta gloriosos¨ años en la Europa de posguerra fueron un período excepcional y no repetible, dado que no existen las causas que lo hicieron posible: la magnitud de la destrucción previa y la amenaza de avance del comunismo.
  3.  El capital financiero utiliza de la baratura de los bienes industriales asiáticos como ariete en la lucha por el disciplinamiento de los trabajadores en los países desarrollados.
  4. La industrialización china ha ido más allá de la visión original del capitalismo central y su emergencia como potencia está llamada - junto a otros emergentes asiáticos - a cambiar al largo plazo el centro del desarrollo capitalista y las relaciones internacionales de dominación.

 


 Por Jorge Molinero (*)                           

       

1.- Las etapas del capitalismo:

Desde sus orígenes en la Inglaterra del Siglo XVIII el capitalismo industrial revolucionó permanentemente las fuerzas productivas, disolviendo la sociedad feudal y conquistando las formas previas de producción, primero a nivel europeo y progresivamente a nivel mundial. Su propia naturaleza lo lleva a burbujas especulativas que generan superproducciones periódicas que terminan en crisis. Éstas se resuelven con quiebras de las unidades de producción menos productivas, la desocupación y sufrimiento de millones, y la concentración de la riqueza en el sector más productivo para iniciar un nuevo ciclo de crecimiento.

Este proceso de concentración del capital fue previsto por Karl Marx ([1]) como paso necesario e inevitable en el desarrollo capitalista. Marx sólo llegó a vislumbrar esta concentración que se aceleró en los Estados Unidos a partir de 1880 con el desarrollo de los grandes bancos y las compañías por acciones que cotizan en bolsa. Esta nueva etapa de los grandes monopolios (ferrocarriles, acero, petróleo, etc.) y su unión con el capital bancario dio origen - indisolublemente ligado al desarrollo del imperialismo a nivel mundial - a la etapa de dominio del capital financiero sobre las otras expresiones del capital. Esta nueva etapa fue estudiada por Hilferding en 1910 y Bujarin en 1915. Sus conceptos fundamentales fueron ampliados y popularizados por Lenin en “El imperialismo, fase superior del capitalismo” en 1916.

El capital financiero, entendido como la unión entre el capital bancario, el mercado de capitales (bolsas), y las demás expresiones financieras con la gran industria, fue dominando a las demás expresiones del capital acercándose al siglo XX. Esa dominación se acrecentó en los años de la primera posguerra, la primera etapa del dominio del capital financiero, para sufrir un serio embate con las reacciones sociales y políticas al estallido de la mayor crisis del capitalismo hasta la fecha, que comenzó en 1929.

 

2.- La Gran Depresión y el pensamiento keynesiano

El fin de la Primera Guerra Mundial inicia el cambio de liderazgo entre las potencias imperialistas, con el desplazamiento de Gran Bretaña por los Estados Unidos, que se terminaría de concretar al final de la Segunda Guerra, un nada común cambio pacífico por la relación especial entre madre patria y sus descendientes transatlánticos. En 1929 estalla la burbuja financiera en la bolsa de Nueva York arrastrando en su caída al mundo entero por la dimensión colosal que había adquirido la especulación y la cuantía inmensa de bienes acumulados sin demanda solvente. La primera reacción de los gobernantes en aquel momento agravó la crisis: se redujo el gasto público, se restringió el crédito y se buscó “sanear rápido” la parte ¨podrida¨ para volver a crecer, pero la magnitud de la ¨enfermedad¨ y lo equivocado del remedio no hicieron sino acelerar la caída.

La caída del PBI en dólares corrientes fue mucho más significativa que la caída en dólares constantes. Si el volumen de la producción y las transacciones reales (en dólares de 2005) cayeron un 32,5 % entre 1929 y 1933, la caída brutal de los precios hizo que la caída nominal del producto bruto fuese del 66,4%. La desocupación llegó al 25 % de la fuerza laboral.

En forma independiente del pensamiento de Keynes, el recién electo presidente Franklin Roosevelt inicia en 1934 una política de activación del gasto público para balancear la ausencia de demanda efectiva que la crisis había producido. Lo que Keynes empezó a desarrollar como la teoría de “cebar la bomba” de la lánguida economía privada con gasto público deficitario, el New Deal americano lo fue haciendo en forma intuitiva, y la economía se recuperó. Se impusieron serias limitaciones al accionar bancario y financiero para evitar descontroladas especulaciones -recorte del poder de la burguesía financiera - y se crearon entes estatales para el manejo y control de innumerables actividades económicas. Entre otras políticas fue permitido y hasta alentado el aumento de la sindicalización, hasta entonces duramente combatida.

Sin embargo, asustados por los niveles del déficit de aquellos años, en la segunda parte de 1937 el gobierno americano levantó el pié del acelerador de los gastos esperando que el ¨agua cebada¨ previamente fluyera por el impulso de la actividad privada, lo que volvió a sumergir a EEUU en una recesión en 1938, aunque de menor magnitud.                            

Estas políticas - que luego de la Segunda Guerra se generalizarían y ampliarían en Europa Occidental y Japón - hicieron pensar a Duménil y Lévy ([2]) que el desarrollo de la burocracia gerencial de altos salarios (tanto en el sector público como privado) estaría marcando el inicio de la disputa a los capitalistas de su centro de poder y decisión, preanunciando un nuevo modo de producción.

3.- La Segunda Guerra Mundial

Lo que realmente terminó por sacar de la atonía al sistema económico de los países centrales fue el gasto público más efectivo inventado en toda la historia: la carrera armamentista, cuyo cambio tecnológico acelerado garantiza su rápida obsolescencia.

Estamos acostumbrados a considerar las guerras como fenómenos meteorológicos (antes de la guerra, después de la guerra, como si dijésemos antes del terremoto, o después del tsunami). No vamos a desarrollar aquí las causas profundas de cada guerra, ni caer en la simplificación de que Hitler era la encarnación del “Imperio del Mal” y los “buenos” tuvieron que dar la lucha por la democracia, la libertad y el bien de la Europa sojuzgada. Esas verdades parciales no hacen sino ocultar y caricaturizar procesos sumamente complejos en cuya base están la disputa de áreas de influencia económica entre las potencias imperialistas y el intento de hacer desaparecer el peligro creciente que para esas potencias era la Unión Soviética.

La Segunda Guerra fue una masacre increíble, con más de 50 millones de muertos. Una destrucción de vidas y bienes materiales que sumada a la Primera Guerra son de una magnitud igual a la suma de siglos y siglos de guerras anteriores. Este fenómeno fue reducido al poco tiempo al análisis moral del bien y el mal, la historia de las batallas, y el filón para infinitos filmes de Hollywood.

Ambos conflictos bélicos fueron grandes crisis políticas y sociales con su origen en los choques del desarrollo económico capitalista de nuevas y viejas potencias que envolvieron al mundo desarrollado.  A su vez la segunda guerra permitió la resolución de la crisis de sobreproducción y burbuja financiera de la década anterior, con una destrucción extraordinaria de bienes y personas en Europa y un crecimiento extraordinario de la producción industrial en los Estados Unidos. La superación de la crisis económica de los treinta encontró su salida en la irracionalidad de destrucción varias veces superior a su propia magnitud original.

Hay que tener en cuenta estas enseñanzas de la historia, para entender que si una crisis futura es de una dimensión no resoluble por los medios habituales, el sistema capitalista generará las condiciones (o contradicciones) necesarias para que se encuentre una resolución aunque vuelva a ser de la magnitud bélica de la Segunda Guerra. Antes de que se produjeran, nadie de aquella época preveía los millones de muertos y destrucciones que provocaron las dos guerras mundiales, libradas entre los países más cultos y avanzados del planeta. A pesar del temor de la mutua destrucción nuclear, no se puede garantizar que no se repitan guerras y/o genocidios de distinto tipo pero de gran magnitud de destrucción ahora que en las clases dirigentes no existe el temor que una conflagración internacional produzca un período de revoluciones sociales que cambie el sistema económico vigente. O al menos así lo creen.

 

5.- La postguerra europea

La resolución de la guerra fue la derrota de Alemania e Italia en Europa y de Japón en Asia, y la destrucción o agotamiento de las economías de los aliados europeos, con un ganador principal que fueron los Estados Unidos, que sólo cargó sobre sus hombros 250.000 muertos, además de su propio territorio intacto.

Las guerras traen efectos impensados o no calculables, y uno de ellos fue la ampliación del campo socialista con el avance de los ejércitos soviéticos hasta el corazón de Alemania.

Con los países capitalistas de Europa en ruinas y todo el poder militar, industrial y financiero en manos americanas, la forma de retomar la actividad productiva se inició con el Plan Marshall, que logró tres objetivos: ayudaba a la reconversión de industria de guerra en industria civil en los Estados Unidos, reactivaba a los países capitalistas destruidos y alejaban el fantasma del comunismo de Europa Occidental. Los partidos comunistas habían obtenido un fuerte respaldo obrero y popular por la defensa de los intereses de su clase y por su decidida oposición al fascismo y a la invasión alemana. Los acuerdos de Yalta y Potsdam habían dejado para la Unión Soviética un área de influencia que abarcaba a los países de Europa Oriental y hasta la mitad de Alemania, con excepción de Berlín que se repartía entre las cuatro potencias ganadoras.   

En 1944, poco antes de la finalización de la guerra, se reúnen en Bretton Woods los líderes económicos de las potencias que serían vencedoras y se diseña el mundo que vendrá. Las propuestas específicas de Keynes, representando a Gran Bretaña, fueron dejadas de lado y EEUU impuso su propio punto de vista, en especial el patrón cambio oro: todas las monedas usarían dólares como reservas y Estados Unidos garantizaba el respaldo oro de sus dólares con sus inmensas reservas de Fort Knox, a razón de 35 dólares la onza troy. Sin embargo las políticas keynesianas de activación de la demanda efectiva fueron la base de la recuperación europea. El plan Marshall de 1948 fue un ejemplo claro de keynesianismo en acción.

La magnitud de la recuperación y expansión europea fue proporcional a la magnitud de la destrucción previa. A la oportunidad económica de rehacer la tasa de ganancia con la reconstrucción por delante se unió la imperiosa necesidad política y militar de evitar que las clases trabajadoras y los pueblos europeos desbordaran sus luchas políticas y sociales más allá de las reivindicaciones reformistas y terminen llevando a Europa Occidental al socialismo.

En ese triple juego militar, económico y político, se combinaron el despliegue de bases militares americanas ([3]), el crédito fácil para poner a andar nuevamente el aparato productivo y la concesión de reales beneficios a las masas trabajadoras. Se generalizó la jornada de 8 horas, aguinaldo y vacaciones pagas, obras sociales y atención médica gratuita, jubilaciones, acceso a la educación y al crédito para vivienda. El Estado cumplió las funciones del capital privado en servicios públicos, infraestructura, electricidad, petróleo y muchas otras áreas, incluidas la bancaria y financiera. Ello fue posible a medida que la reconstrucción progresaba y se volvían a desplegar las habilidades y conocimientos de sus trabajadores manuales e intelectuales, unido a los préstamos americanos y masivas inversiones de capital de ese origen en las industrias más expansivas.

Este crecimiento se dio, no sin contradicciones, de manera generalizada hasta mediado de los años setenta. Fue el período conocido en los países centrales como la ¨economía de bienestar¨, y ahora que ese período quedó atrás se lo recuerda como ¨los gloriosos treinta¨ o ¨la era dorada del capitalismo¨, un período de excepción por las razones que lo posibilitaron y quedará por muchos años grabado en las mentes como la arcadia perdida.

 

6.- El abandono del patrón-cambio-oro

El crecimiento de las economías de Europa fue, ante la magnitud de su destrucción previa, más acelerada que el crecimiento americano. En algún momento el patrón cambio oro que había reinado desde 1944 comenzó a ponerse en entredicho cuando algunos países, como la Francia de Charles de Gaulle, comenzaron a pedir al tesoro americano el oro de respaldo que se atesoraba en Fort Knox a cambio de sus dólares. 

La inconvertibilidad del dólar en oro se produce en 1971, bajo la presidencia de Nixon, y desde ese momento el respaldo del dólar no es más el oro sino el poderío de Estados Unidos. Si el sistema monetario no se desmoronó ante la inconvertibilidad fue porque los Estados Unidos eran en aquellos momentos la potencia dominante en lo económico, financiero y militar, en una dimensión abrumadora, con un PIB de alrededor del 45 % del total mundial.

Una de las consecuencias de la imposición del dólar como patrón monetario sin respaldo en el oro, es el surgimiento de la banca de los eurodólares, que se desarrolló en Londres y que se vio muy alentada por el reciclamiento de los dólares que fluían de los países de la OPEP tras las subas del petróleo de 1973 y 1978. En esos momentos se dan las condiciones para que el capital financiero vuelva por sus fueros, tras los años de muy serias punciones al capital ficticio durante la crisis de 1929-1933, y la desaparición de capital físico por destrucción durante la Segunda Guerra Mundial, que afectó seriamente a las entidades financieras europeas y japonesas.

Petróleo más caro, inconvertibilidad del dólar y activismo sindical en Occidente no eran las mejores perspectivas para la acumulación del capital.

Esta libertad de utilizar el señoreaje de su moneda por su condición de reserva internacional le permitió a los Estados Unidos financiar parte importante de su expansión productiva internacional. Con los años, la principal economía productora del mundo se fue transformando en una economía dependiente del fácil crédito externo y el endeudamiento creciente.

A partir de la inconvertibilidad y el empapelamiento mundial que ello permitía, los Estados Unidos, que habían emergido de la Segunda Guerra como fuertemente superavitarios en su comercio exterior, comenzaron a tener déficits comerciales crecientes a partir de los ochenta (en 2017 alcanzaba los u$s 566.000 millones) y déficits fiscales. Esos déficits son financiados por ingresos de capitales del resto del mundo que ven en el dólar la moneda de reserva por excelencia. Su deuda pública total es de la magnitud de su producto bruto interno.

 

7.- El retorno de los (neo) liberales

En la década de los setenta era evidente que los beneficios que obtenían los trabajadores con su combatividad sindical y política excedían los incrementos de productividad y por lo tanto estaban llevando lentamente hacia atrás a la tasa de ganancia, al tiempo que la misma puja redistributiva había acelerado el proceso inflacionario y deterioraba el rendimiento real del capital financiero.

Al mismo tiempo las clases dominantes fueron percibiendo que ni los partidos comunistas ni sus sindicatos evolucionarían hacia posiciones revolucionarias que quebrasen la vía capitalista de desarrollo en Europa.

La alta inflación de los años setenta, fruto combinado de la suba del petróleo y de la puja distributiva entre el capital y el trabajo, fue derivando en una reducción del ritmo de crecimiento, período conocido como ¨stagflation¨, estancamiento con inflación, campana de largada para el cambio conservador.

Los cambios en la política económica comenzaron con el ascenso de Margaret Thatcher en Inglaterra en 1979 y Ronald Reagan en Estados Unidos en 1980. Ello fue posible por cambios en las condiciones objetivas que el redespliegue del capital financiero internacional aprovechó junto a la nueva etapa de desarrollo tecnológico y las circunstancias políticas. El sustrato material para la globalización del capital financiero está dado por la revolución en los transportes marítimos (super portacontenedores), las comunicaciones electrónicas y la informática. Los cambios políticos se derivan del agotamiento de las recetas keynesianas. A nivel ideológico el lugar central lo ocuparon los economistas neoliberales como Friedrich von Hayek y Milton Friedman con sus ideas de la apertura comercial, desregulación financiera y reducción de la presencia del Estado en la economía. La necesidad del capital financiero encontró su justificación ideológica en las viejas ideas del liberalismo a ultranza, remozadas bajo el nombre de neoliberalismo.

Esos cambios viabilizan la etapa del retorno de la hegemonía financiera acompañada por la relocalización de la producción, fraccionada por especializaciones en distintos países. Se consolidó una compleja trama de cadenas oligopólicas de valor con centro en Estados Unidos y en menor medida Europa y Japón, y apéndices en la periferia, principalmente Asia. La mayor tasa de ganancias en el centro proviene de no incrementar salarios reales en proporción al aumento de su productividad (de hecho, salarios reales casi estancados), pero ello no necesariamente se traduce en mayores inversiones industriales en esos países. Partes importantes son recicladas a otras actividades financieras o se exportan en busca de oportunidades de producción con mano de obra más barata. La parte “reinvertida” en “innovaciones financieras” alimenta las permanentes burbujas de capital ficticio que cada tanto son puncionadas por su desproporción, al costo de renovadas crisis y sufrimiento para millones.

 

8.- Cambio en la estructura social

Los obreros industriales, que llegaron a ser alrededor del 40 % de la población económicamente activa en algunos países centrales, hoy forman entre el 8 % al 12 % y en franco retroceso. Parcialmente es función del aumento de la productividad industrial, pero más importante es el proceso de transferencia de las actividades industriales maduras (y cada vez más las avanzadas) hacia los países asiáticos.

La cantidad de obreros industriales se reduce en los países centrales al tiempo que las sociedades son cada vez más asalariadas, cada vez hay menos pequeños capitalistas o cuenta propia. Lo que determina la posición política de los distintos tipos de trabajadores es su posición relativa frente al resto de los asalariados, por tipo de trabajo que realizan, nivel de remuneración y colectivo del que participan.

En los países centrales se reducen los trabajadores manuales y en especial los obreros industriales, cuya característica principal era formar partes de amplios colectivos (la gran fábrica) que permitía el desarrollo del sindicalismo y la conciencia de clase. Como contrapartida crece la participación de los trabajadores de servicios (tanto manuales - blue collar, como empleados no manuales - white collar). Las grandes concentraciones se dan en este último sector, con los empleados públicos, de la salud, de la educación y de las fuerzas de seguridad. El resto de los sectores asalariados se ocupa en tareas de servicios comerciales y otros en donde hacen estragos las políticas férreamente opuestas a la sindicalización. Ello deriva en bajos sueldos, alta rotación y escaso desarrollo de la conciencia social y política como clase trabajadora. A los trabajadores no industriales les es indiferente que los productos que consumen sean nacionales o asiáticos lo que los pone objetivamente en la vereda de enfrente a las demandas de estabilidad laboral y aumento salarial de la industria. Grandes segmentos de los trabajadores asalariados se identifican como “clase media” y sus modelos y aspiraciones son la burguesía que los explota. Por debajo de los trabajadores formales se extiende una creciente capa de subproletariado informal, formado en gran medida por inmigrantes de países en crisis, los olvidados del sistema. Los obreros industriales del centro – con salarios más elevados que la mayoría de los trabajadores manuales – tienen conciencia de participar de los beneficios imperiales en contraposición a los obreros de la periferia, como lo puntualiza Samir Amin en su obra póstuma. La ruptura de la solidaridad de clase a nivel internacional y la heterogeneidad de la estructura social es totalmente funcional a los planes del capital financiero.

 

9.- La implosión del sistema socialista.

Estas tendencias neoliberales se hallaban firmemente implantadas en Occidente cuando se produce la implosión de los países socialistas. En 1985 el nuevo secretario general del PCUS, Mihail Gorbachev, intenta reformar el sistema socialista que estaba próximo a la parálisis económica, fruto de sus contradicciones internas y la presión que sobre su presupuesto militar tenía la carrera armamentista con los Estados Unidos.

El análisis detallado de las causas de la implosión del socialismo fue analizado en otro trabajo ([4]). Podemos sintetizar el problema indicando que la reducción del ritmo de crecimiento primero y el estancamiento después ya estaban generalizados en la mayoría de los países socialistas de Europa.  A ello se sumaba el descreimiento político de los ciudadanos de esos países en la posibilidad de que el sistema socialista resuelva sus carencias económicas o permita la expresión de sus opiniones políticas, lo que retroalimentaba un círculo vicioso de baja productividad y poco esfuerzo laboral de la población. La alternativa elegida por Gorbachev (la Perestroika o reestructuración y la Gladnost o transparencia) fueron cambios superestructurales realizados desde el voluntarismo y llevaron al fracaso más absoluto con la desestructuración de un esquema que se había estancado pero aún funcionaba. El sistema centralizado fue suplantado por la improvisación y la eliminación de las reglas económicas previas sin la fijación de las nuevas. El resultado fue el caos económico, que se agravó fuertemente con el advenimiento de Yeltsin y la disolución de la URSS. Cuando en Alemania del Este toman conciencia que la Unión Soviética no reprimiría, cae el muro de Berlín y todo lo que era sólido se disuelve en el aire, al decir de Marx imaginando situaciones totalmente diferentes. 

En dos años más la mismísima Unión Soviética se disuelve, se abandona el socialismo y viejas nacionalidades anteriores a la dominación de los zares se independizan de Rusia. El capitalismo en su versión más salvaje y de acumulación primitiva por saqueo y pillaje toma el control de Rusia que continúa en caída libre hasta casi el año 2000 en que comienza su recuperación por la firme conducción política de Vladimir Putin.

La caída de la Unión Soviética terminó con los pocos temores de las clases dirigentes de Occidente de un giro radical de la situación social en sus países, lo que les permitió acelerar la aplicación de las recetas neoliberales sin límites.

El otro gigante socialista de Oriente, China, había comenzado previamente su marcha hacia el desarrollo capitalista en 1978 con el ascenso de Deng Tsiao ping. Se dio la paradoja de un estado formalmente socialista poniendo todo su peso y esfuerzo en desarrollar y promocionar el surgimiento de una burguesía nacional, y mirada con la perspectiva de cuarenta años, esa promoción fue desde el punto de vista económico muy exitosa, aún con las crecientes desigualdades sociales que se produjeron en los primeros treinta años. Muy pocos países quedaron en un sistema socialista de generalizada propiedad estatal, como Cuba y Corea del Norte. En los hechos, el campo socialista desapareció.

 

10.- La emergencia del capitalismo asiático.

Para que la apertura financiera y comercial tuviera la posibilidad de frenar la combatividad sindical y recomponer la rentabilidad del capital industrial y financiero era necesario que hubiese nuevos países industriales que bombardearan los salarios altos de los países desarrollados con mercancías baratas en una dimensión muy superior a la conocida hasta entonces. Ese proceso ya estaba en marcha y provenía del lejano Oriente, proceso que cambiará radicalmente el curso de la historia del desarrollo económico mundial y el balance de poder en los años por venir.

Asia es un continente de muy larga historia. Para la fecha del descubrimiento de América por los europeos el país más poderoso de la Tierra era China. Mientras el capitalismo industrial despegó en Europa a mediados del siglo XVIII, todo el continente asiático fue quedando relegado. A fines del siglo XIX despega Japón, transformándose en una potencia regional. Tras la Segunda Guerra Mundial en la que fuera derrotado retoma su impulso y llega a ser la segunda potencia industrial. Luego le siguen en los sesenta Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán, Singapur y Malasia, para a fines de los setenta sumarse la República Popular China y en los noventa la India y otros países. La característica de todos ellos es la abundancia de mano de obra barata, de origen campesino. El cambio en China se inicia durante la etapa final del gobierno de Mao Tse tung, en 1972, con las negociaciones que siguen a la llamada “diplomacia del ping-pong” entre el líder chino y Henry Kissinger, dejando entrever la apertura del mercado americano como recompensa por el creciente antisovietismo chino. A tres años de la muerte de Mao, en 1978 toma el control del Partido Comunista y el Estado Deng Tsiao ping y pone en marcha un programa de modernización consistente en utilizar la baratura de la mano de obra para industrializar el país. Al inicio con exportaciones baratas de confecciones, textiles y calzados, para ir complejizándose después, dejando en forma progresiva que sea la burguesía industrial naciente la que lleve a cabo esa tarea. Por detrás se mantenía el control del Estado, tanto en las políticas y ramas a desarrollar como en la infraestructura, industrias básicas y en especial la actividad financiera y bancaria. La mezcla de iniciativa privada, con planificación de las áreas a desarrollar y control estatal tuvieron los exitosos resultados que similares políticas habían tenido antes en Japón y Corea, y hoy China es una potencia de peso. Su vertiginoso desarrollo de los últimos cuarenta años la elevaron a la posición de primera economía medida en paridad de poder de compra y segunda medida en dólares corrientes.

 

El cálculo en dólares corrientes le da a EEUU el 24,8 % del Producto Mundial, y a China el 15,0 % en 2017.

Por su tamaño su propio desarrollo colisiona con los intereses de los Estados Unidos, lo que hoy se manifiesta como una guerra comercial (acero, aluminio, celulares, microchips, etc.) y por el acceso a patentes de desarrollos de punta, en especial los que puedan tener aplicación en el área militar (en especial lo que se desarrolla en informática y comunicaciones).  

China trata de evitar la encerrona a que se vio sometido Japón en los años treinta e inicios de los cuarenta, cuando EEUU le fue bloqueando su acceso a las fuentes de petróleo regionales, que derivó en el ataque a Pearl Harbor en 1941.

Para ello ha ideado planes de expansión geográfica de su economía mediante el plan Nueva Ruta de la Seda, un mega proyecto de infraestructuras portuarias, carreteras, vías férreas y centros de distribución involucrando a 64 países de Asia, Medio Oriente, Europa y África. El plan incluye la integración financiera con la expansión de acuerdos de swaps de monedas sin utilización del dólar, que será reforzado con la internacionalización del Yuan en 2020 (un anticipo es el mercado de petroyuanes). Ello implica una mayor alianza con Rusia y otros países del área como Irán, sus principales suministradores de petróleo.

Hace pocos años ha lanzado el plan Made in China 2025, donde se han propuesto ocupar el segmento más sofisticado de la cadena global de valor industrial, achicando las todavía importantes diferencias de productividad y dominio científico y tecnológico con Occidente, en especial con EEUU. El objetivo, en los segmentos críticos es lograr una integración nacional del 40 % para 2020 y del 70 % para 2025. Han elegido diez sectores para fomentar: 1) Nueva tecnología avanzada de información, 2) Máquinas herramientas automatizadas y robótica, 3) Espacio y equipo aeronáutico, 4) Equipamiento marítimo y barcos de alta tecnología, 5) Equipos modernos de transporte ferroviario, 6) Vehículos y equipamiento con nuevas formas de energía (auto eléctrico entre ellos), 7) Equipos de Energía, 8) Equipamiento agrícola, 9) Nuevos materiales, y 10) Biofarma y productos médicos avanzados. La mayoría de estos sectores involucran aspectos militares críticos. Para ello el Estado proveerá un marco adecuado de ayudas financieras y fiscales y la creación de 15 centros de innovación para 2020 que llegarán a 40 para 2025. Al mismo tiempo se están reforzando los derechos de propiedad intelectual para garantizar a las empresas el beneficio de los avances en los campos en que son asistidos.

Para que estos avances no se vean bloqueados por la potencia hegemónica China está desarrollando un acelerado sistema de defensa militar, y al momento actual es el segundo gasto militar del planeta, detrás de EEUU ([5]).

La importancia de estos desarrollos en Asia es la magnitud de los nuevos actores. Así como Japón y Corea involucran a 100 y 40 millones de personas, China e India involucran a 1400 y 1366 millones, sumando entre ambas el 36 % de la población mundial (7650 millones).

El producto bruto mundial estaba concentrado mayoritariamente en un puñado de países desarrollados a inicios del milenio (56,8 %), cifra que suma apenas el 40,8 % en el estimado para 2018 del FMI. Dentro de los países emergentes el mayor crecimiento lo tuvieron los asiáticos, que pasan del 16,7 % en 2000 al 33,2 % en la actualidad.

El éxito económico asiático, en especial de China, canalizando sus exportaciones a los principales países occidentales, ha sido, como contrapartida, el principal elemento de freno para las demandas de las clases trabajadoras en estos países y abaratamiento de los bienes de consumo en Occidente. La importación y la migración de industrias de Occidente a los países asiáticos ha tenido un efecto devastador sobre la capacidad reivindicativa de sus trabajadores, mientras su ocupación se va reduciendo a los sectores protegidos por diferencias tecnológicas, barreras de costos de transporte, logística, acuerdos o imagen comercial. Este retroceso en la cantidad de asalariados industriales en los países desarrollados no derivó en el giro a la izquierda de sus expresiones políticas, y en el caso de Europa se vio la caída de votos hasta la casi extinción de los partidos comunistas y la aceptación de las recetas neoliberales con algunos reparos (cada vez menores) por los partidos socialistas. En todo el centro se ha visto el crecimiento de las expresiones políticas nacionalistas y racistas opuestas a la inmigración de trabajadores manuales, la contracara reprimida de la “libre movilidad del capital” de la globalización. Es una reacción apoyada en no despreciable medida por trabajadores que otrora respondían a los partidos comunistas y socialistas en Europa, o al Partido Demócrata en Estados Unidos.

 

11.- La última gran crisis capitalista

La desregulación de las actividades financieras se aceleró en los ochenta con la multiplicación de capital ficticio, en especial toda la especulación con derivados. Mientras los hogares de la mayoría de los trabajadores en Estados Unidos veían estancados sus ingresos reales a pesar del incremento de la productividad y el producto bruto, casi todo ese crecimiento se acumulaba en los sectores más elevados de la sociedad, tema que ha sido analizado por varios economistas, destacándose el importante aporte estadístico de Piketty ([6]).

Varias crisis se produjeron desde la desregulación financiera pero la que se abatió sobre el mundo en 2008 y 2009 fue la mayor después de la gran depresión de los años treinta del siglo pasado. La especulación desenfrenada con hipotecas sub-prime y su securitización y distribución a nivel planetario estalló en septiembre de 2008 con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers. Lo demás es conocido. Hubo salvataje masivo de los estados nacionales de las principales potencias a bancos e instituciones en problemas, con lo que lograron que lo que iba a transformarse en otra crisis de los años treinta se fuera larvando en un período más prolongado de bajo crecimiento superada la etapa aguda.

Si se lo observa con perspectiva de largo plazo, el crecimiento mundial del último quinquenio 2013-2017 (sin incluir el estimado de 2018) está en el 3,5 %, un valor no muy alejado del 4,1 % del período 1950-1900, el más elevado de la serie que compiló el economista Angus Maddison. Nótese que ese período fue excepcional, influido por la reconstrucción de la segunda guerra.

Toda crisis tiene su duración y terminación. La de 2008 se prolongó con varios años de bajo crecimiento, importante licuación de capital ficticio que se evaporó al estallar la especulación, y el sufrimiento de millones en pérdidas de viviendas, trabajos o ambos, en el centro y en la periferia. No era una crisis terminal. Ninguna lo es si no actúa el sujeto social que lo pueda resolver. A diez años de esa crisis nuevas especulaciones y el mismo descontrol están alimentando un futuro estallido, en una cadencia repetida.

 

12.- Perspectivas

El movimiento secular del capital siguió varias etapas. A la preminencia del capitalismo industrial competitivo le siguió, en la etapa de la concentración de las últimas décadas del siglo XIX, en ascenso del capital financiero, con su primera época de oro hasta 1930. La gran recesión que produjo en 1929/1933 puso su hegemonía en entredicho durante un período prolongado entre el New Deal y el acuerdo keynesiano de posguerra. Hoy lo que tenemos es el “capitalismo normal”, ya que lo que hubo en el período intermedio fue una anormalidad fruto del temor del capital financiero de perder todo si no aceptaba un incremento de las regulaciones y controles, primero en EEUU del New Deal y luego en la Europa arrasada por la guerra y el temor del avance del comunismo.

Nunca hubo ni hay un proceso de delegación del poder en otras clases o capas profesionales o burocracias estatales, etapa en la que estaríamos entrando según Duménil y Lévy. Tanto los capitalistas como sus profesionales de elevadísimos salarios son los “agentes” del capital financiero, estén en el sector privado o como representantes del capital en su conjunto en el aparato del Estado.

Sin embargo, este triunfo del capitalismo financiero sobre las otras formas del capital y sobre el campo socialista no ha resultado exactamente como lo habían imaginado. La idea del triunfo total y el “fin de la historia” que propagandeaba Francis Fukuyama se extienden desde 1991 hasta la primera década del presente siglo. De a poco comienzan los resquemores sobre China. Por un lado había cumplido muy bien su rol de cañonear con productos industriales baratos la combatividad de las clases obreras de los países centrales. Pero fue más allá.

La estructura de propiedad de las finanzas, la quinta esencia del dominio del capital en Occidente, en China está en las manos del Estado, bajo la conducción política del Partido Comunista. El marxismo puramente ceremonial de la dirección política china desde 1978 no alcanza a disipar temores en Occidente. En manos del Estado están, además de los bancos y las principales instituciones financieras, los resortes de infraestructura e industrias básicas, la educación, la prensa y aquellos sectores considerados estratégicos para el desarrollo futuro, incluida toda la industria de la defensa. Las empresas capitalistas se desarrollan aceleradamente, incluidos sectores de punta tecnológica como Huawei, el principal fabricante de productos de comunicación del mundo y segunda empresa mundial en teléfonos inteligentes, o empresas de servicios como Alibabá y tantas otras muy conocidas en Occidente. China no abandona el control estatal de áreas estratégicas, al margen de su aceptación formal de las “reformas estructurales” y el avance del “mercado” y sus reglas. Mientras su apertura al capital internacional avanza lentamente, su burguesía consolida su participación en el mercado interno y el internacional.

China utiliza criterios de conducción y gestión capitalistas en estas instituciones, pero con amplia utilización de subsidios y promociones. Siguen la regla que Alice Amdsen describía para Corea en sus años de expansión: “poner los precios deliberadamente mal”, esto es un set de precios de forma tal que las empresas utilicen una combinación de trabajo y bienes de capital diferente al que hubiesen utilizado en función de los precios relativos de los salarios y el capital. Esto es lo que – entre otros ejemplos – hace que China sea el principal país productor de robots, a pesar que su utilización masiva sólo se justifica en países con elevados costos de la mano de obra. China anticipa el nivel salarial del futuro y de esa forma no se concentra sólo en los bienes simples para los que su nivel salarial actual está mejor calificado. Sus salarios reales urbanos se han casi triplicado en el presente siglo.

Esta característica diferenciada del sistema de acumulación en China se debe al rol de la dirección política y el control y propiedad del Estado sobre su centro neurálgico, el capital financiero. Su objetivo es la larga marcha por la igualación tecnológica (catch up) con Estados Unidos, que esperan alcanzar en 2050, si su avance no es retrasado o revertido por bloqueos de distinto tipo o acciones bélicas. Si por un lado aun no ha obtenido ningún premio Nobel en ciencias, es el país que más patentes industriales ha registrado en los últimos años, con un énfasis importante en las nuevas tecnologías de la computación y la comunicación, incluida la inteligencia artificial, tanto para objetivos de desarrollo económico como de control social, seguridad nacional y capacidad militar.

El énfasis en el desarrollo se evidencia en la diferencia en las tasas de inversión sobre el producto. Mientras la relación Inversión / Producto es del orden del 18/21 % en los Estados Unidos, en China es del 44/48 % en la última década ([7]).  Luego de más de treinta años de crecimiento al 10 % anual, tasas de de China ha bajado a un escalón de entre 7 % y 6,6% en los últimos años. No han tenido ningún año de retroceso del producto desde los cambios introducidos por Deng Tsiao ping, como sí los tuvieron durante “el gran salto adelante” y la “revolución cultural” de la época de Mao.

Para Occidente ese escalón de menor crecimiento es otro de los signos del “error” de una política económica que desafía el control del capital financiero privado por su control público. La crítica ideológica oculta el objetivo estratégico de la desregulación total de la cuenta capital que permita el ingreso masivo del capital financiero occidental con sus poderosas instituciones, capaces de redirigir el tipo de desarrollo chino.

En la prensa especializada lo que aparece estar en discusión es la eficiencia de las finanzas privadas vs. las públicas como generadoras de incrementos diferenciales de la productividad laboral (producto/personal ocupado) al largo plazo. Sin embargo en las discusiones no se ha hecho hincapié sobre que la mayor participación del sector financiero en EEUU detrae parte significativa del excedente de las inversiones productivas, factor que - unido a la distribución regresiva del ingreso (estancamiento de los salarios reales para la mayoría de la población) y la mudanza de inversiones al Asia -  determina en las últimas décadas una caída de la tasa de incremento de la productividad ([8]) en Estados Unidos, una perspectiva negativa para su liderazgo a largo plazo.

Es una diferencia fundamental con el desarrollo capitalista del resto de los países asiáticos que China, por su propio peso específico al ser el país más poblado del mundo, implica en su expansión un enfrentamiento con áreas de influencia de las demás potencias, en especial con Estados Unidos. Toda la masa crítica de producción exportada que ayudó a Occidente a controlar a sus trabajadores se vuelve en contra cuando esa capacidad ampliada se vuelca a un desarrollo autónomo con capacidad de disputar supremacías en el futuro. Esos cambios se evidencian en la creciente importancia de la política militar y de defensa de China y la creciente tensión que generan los avances de ésta en el Mar del Sur de China, su área de salida al mundo por vía marítima. El reciente anuncio de Donald Trump de su intención de retirar a Estados Unidos del acuerdo de control de armas nucleares firmado entre Reagan y Gorbachov en 1987 (misiles de alcance intermedio hasta 3.000 kilómetros) se inscribe en esta estrategia de cercar a China (no signatario del acuerdo) y quedar con manos libres para usar esos proyectiles intermedios (que tardan menos de 10 minutos en llegar al blanco) tanto en el Este (China) como desde Europa (contra Rusia), al tiempo que presiona a sus aliados a poner más esfuerzo en sus  presupuestos militares.

Es claro que China no se subordina a Estados Unidos como lo tuvieron que hacer las vencidas Alemania, Italia y Japón, ni tampoco como tuvieron que hacerlo sus aliados por el estado en que quedaron tras la contienda. Tras la Segunda Guerra Mundial Japón y Alemania se recuperaron y llegaron a ser las segunda y tercera economías, pero son -al decir de Charles de Gaulle – gigantes económicos y enanos políticos, ya que no tienen la capacidad militar para volver a plantear disputas estratégicas. China sí y las está fortaleciendo a paso redoblado.

No es un enfrentamiento entre dos sistemas diferentes, como lo había sido entre el capitalismo y el socialismo hasta la caída de la Unión Soviética. Es el enfrentamiento entre el imperio hegemónico (EEUU) y sus aliados, contra el surgimiento de una nueva potencia capitalista (China) con características propias, en donde el Estado cumple parte importante del rol de las burguesías de Occidente. Es de hacer notar la creciente alianza defensiva entre China y Rusia -espalda contra espalda - otrora distanciados en la etapa del socialismo. Por un lado los chinos crearon su propia burguesía industrial, y al mismo tiempo asumen como capitalismo de Estado su rol en los sectores estratégicos, en especial el capital financiero bajo su dominio casi absoluto. Una pregunta sin respuesta clara es si esta nueva burguesía china podrá hegemonizar el control del Estado, desplazando a la burocracia política que la hizo crecer y desarrollarse.

Estos son los elementos principales que están por detrás de la guerra comercial sobre acero, aluminio, microchips (decisivos para la seguridad nacional) y otros productos, en donde Donald Trump busca denodadamente frenar el avance de China. La política de Trump de “America First” es el cambio de reglas de juego con aliados y mayor enfrentamiento con China y con Rusia. China pasó de ser un “aliado estratégico” a un “enemigo estratégico”, y para la clase dirigente americana ingresamos en “la Guerra Fría 2.0” según la cruda expresión del vicepresidente americano Mike Pence. Graham Allison caracteriza el enfrentamiento actual como la “Trampa de Tucídides” (cuando una potencia establecida percibe el temor de ser desplazada por una emergente). Aunque el mundo todavía recuerde el cambio pacífico de hegemonía entre Gran Bretaña y Estados Unidos, o el colapso sin guerra de la Unión Soviética, la historia recoge pocas experiencias de este tipo.

El capitalismo financiero, en su etapa neoliberal y con los avances tecnológicos que potencian su accionar, ha logrado un área enorme para su expansión, aquella vía de conquista de los territorios precapitalistas (y ex socialistas añadimos nosotros) que pensaba Rosa Luxemburgo como la única salida a la contradicción de la acumulación del capital y el consumo interno, además del militarismo, aunque sus conclusiones fuesen diferentes ([9]).

Queda por analizar a que contradicciones adicionales nos llevará la dinámica de la oposición por la hegemonía, la dinámica de la lucha de clases en el centro y la periferia, las luchas por el dominio de las materias primas y las consecuencias sobre el planeta de la creciente polución y sobrecalentamiento que el mismo desarrollo descontrolado produce. Las probables evoluciones de las distintas contradicciones quedan más allá del presente trabajo.

 

Bibliografía

Allison, Graham (2018). Destined for War. Can America and China Escape Tucydides´s Trap? Mariner Books. Boston-New York.

Amin, Samir (2018). Modern Imperialism, Monopoly Finance Capital, and Marx’s Law of Value. Monthly Review Press. New York.

Bujarin, Nicolás (1971). El imperialismo y la Economía Mundial. Cuadernos de Pasado y Presente. Córdoba, Argentina.

Duménil, Gérard; Lévy, Dominique (2018). Managerial Capitalism - Ownership, Management and the Coming New Mode of Production. Pluto Press. London. UK

Fontana, Josef (2011) Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945. Pasado y Presente. Barcelona.

Galbraith, John Kenneth (2009) The Great Crash 1929. Mariner Books. New York.

Gordon, Robert J. (2016). The rise and fall of American growth. Princenton University Press. New Jersey.

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Hilferding, Rudolf (1963). El Capital Financiero. Editorial Tecnos S.A. Madrid.

Lenin, Vladimir Illich (1916). El Imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). Recuperado de: http://www.marx2mao.com/M2M(SP)/Lenin(SP)/IMP16s.html

Luxemburgo, Rosa (1963). La Acumulación del Capital (1912). Editorial Tilcara, Buenos Aires. 

Marx, Karl (1965) El Capital. Tomo I. Editorial Cartago. Buenos Aires.

Molinero, Jorge. “La caída del socialismo” (2013). Recuperado de: https://www.dropbox.com/s/0uuz3fmx0o7x39h/2013-07-27-%20La%20ca%C3%ADda%20del%20socialismo.pdf?dl=0. 

 Molinero, Jorge (2016) A cien años de “El Imperialismo” de Lenin. Recuperado de:                                             http://www.iade.org.ar/system/files/articulos/3molinero.pdf

Molinero, Jorge (2017). Los Pensadores. Rosa Luxemburgo. Recuperado de:  http://www.iade.org.ar/noticias/la-vigencia-de-rosa-luxemburgo

Molinero, Jorge (2018). EEUU y China. Poder Económico y Poder Militar. Recuperado de: http://www.iade.org.ar/noticias/eeuu-y-china-poder-economico-y-poder-militar   

Piketty, Thomas (2014). Capital in the Twenty-First Century. The Belknap Press of Harvard University Press.                                                         

 

[1] El tema es esbozado en los capítulos 23, La ley de la acumulación capitalista y 24, La llamada acumulación originaria, del Tomo 1 de El Capital.

[2] “En la misma forma que el capitalismo es el modo de producción cuya clase superior es la clase de los capitalistas, gerencialismo es el nuevo modo de producción cuya clase superior son los gerentes”. (traducción del autor). Managerial Capitalism. Introducción.

[3] La política de contención de la Unión Soviética y sus aliados incluyó el despliegue de la armada, con la 6ª Flota en Nápoles (1946) vigilando Atlántico y Mediterráneo, la 7ª Flota en Filipinas (1947) el Pacífico y la 5ª Flota en Barheim (1955) para controlar Medio Oriente. A las bases le siguieron los acuerdos militares como la OTAN (1949) con Europa Occidental, el Tratado del Sudeste Asiático (SEATO, 1954) y el Tratado del Medio Oriente (1955). En nuestro ámbito regional fue el Tratado de Río (1947). Los tratados en el hemisferio norte buscaban cercar la gran masa asiática con bases navales y aéreas, incluyendo varias del ocupado Japón, con centro en Okinawa y la retaguardia en Pearl Harbor (Hawaii). Para 1955 EEUU ya tenía 450 bases en 36 países. La revolución iraní de 1979 significó la pérdida de una posición clave en el estratégico Medio Oriente con sus inmensas reservas de petróleo.

[4] Molinero, Jorge. “La caída del socialismo” (2013)

[5] Molinero, Jorge (2018). EEUU y China. Poder Económico y Poder Militar.

[6] Piketty, Thomas (2014) Capital in the Twenty-First Century.

[7] Cifras elaboradas en base a datos de IMF. WEO Octubre 2018

[8] Robert J. Gordon identifica claramente la tendencia descendente del crecimiento de la productividad norteamericana, pero aun mencionando los elementos que indicamos nosotros, pone el énfasis en otras razones tecnológicas (lo irrepetible de la difusión de tecnologías que afectan el 90 % de la vida cotidiana).

[9] Molinero, Jorge. Los Pensadores. Rosa Luxemburgo (2017).

 

(*) Lic. en Sociología y Lic. en Economía Política. Ex profesor de Historia Económica (FCE–UBA)      


Fuente: EPPA