14 de mayo de 2019

POPULISMO EN LAS IDEAS EUROCÉNTRICAS PARA DESCALIFICAR A LOS MOVIMIENTOS NACIONALES DE HISPANOAMÉRICA

Podría afirmarse que el juego académico de calificar de populismo a cualquier movimiento nacional de cualquier lugar del planeta a cualquier precio, tiene en lo superficial –el planteo no se eleva de ese nivel-, la intención de descalificar a diferentes experiencias políticas, en particular aquellas surgidas en Suramérica, negando su singularidad y su historia. La intención no es de esclarecimiento basado en conocimientos, sino de descalificación de movimientos de carácter nacional que muchos casos, han sido exitosos en su ejercicio político.


Por Alejandro Tarruella

 

 Uno solo en cualquier parte

Podría afirmarse que el juego académico de calificar de populismo a cualquier movimiento nacional de cualquier lugar del planeta a cualquier precio, tiene en lo superficial –el planteo no se eleva de ese nivel-, la intención de descalificar a diferentes experiencias políticas, en particular aquellas surgidas en Suramérica, negando su singularidad y su historia. La intención no es de esclarecimiento basado en conocimientos, sino de descalificación de movimientos de carácter nacional que muchos casos, han sido exitosos en su ejercicio político. Además, rompen con los moldes liberales históricos, neoliberales cercanos, vinculados a la usura salvaje de los buitres, y los proyectos eurocéntricos de instalar parodias socialdemócratas en la América hispana. En Argentina, fracasadas experiencias como las de la Alianza, de tono socialdemócrata, o de Macri, neoliberal usurario, que va camino al abismo con sus políticas de fuga de capitales con destino al desguazamiento nacional, el interés de la sociedad se vuelca a recuperar el horizonte histórico peronista. Ahí se mueven entonces los difusores del populismo para descalificar el fortalecimiento de toda idea que conciba un fortalecimiento nacional en el contexto suramericano, y que, en un escenario de cambio, observe con interés los proyectos de Andrés Manuel López Obrador en México, Evo Morales y la de Donald Trump en materia de producción, en Estados Unidos.

 

Antojos populistas al sur del mundo

En líneas generales, el populismo fue un movimiento ya superado en la historia, que se dio con características propias, en la Rusia de los zares y en los Estados Unidos. Todo sucedió a fines del siglo XIX. Se trató de movimientos de base campesina, basado en la necesidad de superar la marginación de la producción y la sociedad de su tiempo. ¿Cómo sería posible unir experiencias como las del People’s Party norteamericano con el peronismo? En principio sería osado, luego antojadizo y finalmente, poco serio. Qué es lo que ocurre con los académicos que se han entregado, con vistas a una suerte de servilismo al establishment, a plantear un sancochado que jamás tiene uniformidad en su historia porque muchos de ellos sostienen teorías que no guardan relación con un camino común. Al igual que los productores de fakenews, académicos y comentaristas inducidos, se afirman en la razón del disparate para intentar una falsa teoría que concurra a un objetivo corporativo político.

Federico Filchestein en su libro “Del fascismo al populismo en la historia”, extrae una versión acomodada a izquierda y derecha, adjudicándole al fascismo el sostén del ideario que tendría el populismo que se creó desde ámbitos académicos en favor de grupos de presión mundial. Crea incluso en su fábula, a movimientos prepopulistas, una curiosidad. “El populismo es una forma de democracia autoritaria que originalmente surgió como una reformulación de posguerra del fascismo” –sostuvo el académico-. Antes del final del fascismo habían surgido algunas ideologías y movimientos prepopulistas precoces en países tan distintos como Francia, Rusia y Estados Unidos, pero el contexto era completamente diferente y nunca habían llegado al poder”, explica. Filchestein sostiene que el populismo se hizo régimen cuando el fascismo se retiró de la escena internacional. Ahí plantea un punto de inflexión histórico y sostiene que lo fueron Hitler y Mussolini. El fascismo pasó en sus ideas de ser un movimiento de protesta que habilitó la llegada al poder. Entonces, fue paradigma político mundial. Fue así camino exitoso al poder, y no modo político que enfrentaba al liberalismo y el socialismo. Sitúa a Mussolini como innovador y global y lo compara con los efectos de las revoluciones rusa y francesa. Ahí parece iniciarse el camino del sancochado político, mezclar un movimiento de modo ocurrente, con cualquier cosa con tal de alcanzar un objetivo académico.

Sostiene el académico que “los regímenes populistas surgieron primero en América Latina luego de 1945. Los regímenes populistas como el de Juan Perón en la Argentina y Getúlio Vargas en Brasil no fueron verdaderas revoluciones sino más bien síntomas revolucionarios de la creación, a principios de la Guerra Fría, de un paradigma político nuevo para gobernar la nación” y afirma que “El populismo recién se convirtió en un régimen con la retirada del fascismo del escenario mundial”. Es decir, que se trató de una proyección del fascismo. Sigue expresando luego que “Como lo habían hecho antes los regímenes fascistas, los regímenes populistas actuaban y decidían en nombre del pueblo, sólo que ahora a través de medios democráticos”, se ampara. Al menos debe reconocer que eran democráticos.

Luego, para dar sustento a su propuesta, expresa que “Como señala contundentemente Pierre Rosanvallon, el populismo tiene una larga historia que incluye actores tan variados como los sicofantes de la antigua Grecia, el periodista radical de la revolución francesa Jean-Paul Marat y los populistas rusos y norteamericanos del siglo XIX.” Afirma que hasta los movimientos nacionales de Sudamérica no había populismo, y luego remite a la antigua Grecia, se lo enrostra al mismísimo Marat y a los movimientos rusos y norteamericanos a los que había emplazado previamente solo como precursores. Y con el fin de dar un pretendido sustento a su formulación, se remuerde en el delirio al ensayar que “Lo sorprendente del caso argentino no es sólo que se convirtiera en el primer régimen populista de la historia tras la elección de Perón como presidente en 1946, sino que su forma de populismo diera lugar a todas las variantes posibles. En otras palabras, el peronismo, creado contra el consenso democrático-liberal de posguerra de orientación norteamericana, representa a la vez la primera forma de populismo moderno en el poder y ejemplifica todas las diferentes fases del populismo, desde el populismo autoritario de los primeros gobiernos de Perón (1946-1955) hasta la guerrilla de izquierda de los Montoneros y la derecha neofascista de la Triple A en los años 60 y 70, pasando por el neoliberalismo de Carlos Menem en los 90 y el populismo neoclásico de las administraciones Kirchner en el nuevo siglo”. Del mismo modo, MNR boliviano, Vargas, Haya de la Torre, Velazco Ibarra, Perón y el coro de muchachas vestidas de percal, son más o menos populistas. Se afirmaría entonces que de acuerdo a uno de sus hallazgos cuyas bases se desconocen, que la cosa va de la antigua Grecia a Néstor Kirchner porque, cuando se trata de sucesos ocurridos en continentes o subcontinentes las consideraciones académicas no merecen los beneficios del rigor. Y va a sostener además que “El yrigoyenismo” es el “protopopulismo argentino”, lo cual introduce el pensamiento político directamente en el protodelirio del delirio mismo. Parece sumarse el macrimarxista J. J. Sebrelli, que ensaya que al radicalismo tiene en su genoma ideológico, la convivencia de Jekyll y Mr. Hyde, lo republicano hundido en el río populista. En esos itinerarios históricos y las ideas que los sustentan, no se aporta, pero tampoco se preocupan demasiado.

Isidoro Sevilla sostiene en cambio, en su artículo “Populismo (I): ¿Qué es el populismo?” que “Los primeros antecedentes del populismo datan de finales del siglo XIX y principios del siglo XX tanto en EEUU como en Rusia. En EEUU se materializó en un partido denominado People´s Party (de ahí el término). Dicha formación política era el canal de expresión de los pequeños terratenientes rurales que se habían empobrecido con la creciente industrialización del país. Reaccionaban oponiéndose a las dinámicas de la modernidad capitalista y propiciaban una mayor participación política más allá de los límites de la democracia representativa de modo ambiguo. Por su parte, en Rusia, el populismo (Narodnike) bebía del ideal romántico de la vida agraria y defendía ciertas formas de vida en comunas”. Respecto del peronismo, sin comprenderlo sino parcialmente, establece algo más razonable: “Es por eso que muchos movimientos populistas de esta etapa, como el peronismo, pueden adscribirse políticamente en la izquierda (aunque este ejemplo, en particular, mutara a lo largo de los años)”.

 

Heráclito y los populismos

Lo que cuesta a muchos académicos y analistas es concebir el movimiento (“Lo único permanente es el cambio”, sostenía Heráclito, que no fue peronista); en general se alistan a concepciones cerradas para aplicar a episodios históricos o políticos que, en su visión, no mutan. Devienen de otros movimientos y son su proyección en la mirada eurocéntrica que no concibe discusiones. Sevilla se entretiene sosteniendo que “Desde los años 90, asistimos a un nuevo tipo de populismo que es ante todo estrategia: Una lógica de la acción política que es consecuencia de los déficits institucionales de los regímenes representativos.” Es decir, que la acumulación de aportes responde a una situación en la cual un espectro amplio de población no aparece representado porque la clave de esas ideas pasa por la negación de la historia de los pueblos. La izquierda suele sumarse a esas confusiones deliberadas porque no descarta cierta sumisión al eurocentrismo, vagando aún sobre las nubes de Yalta mirando el más allá.

Paul W. Drake, de la Universidad de San Diego, se metió en la discusión sobre el populismo y ambientó su discurso en la consideración de lo que sucede hoy en Suramérica. Macri dice, sin mayor base en el pensamiento, que existe el populismo cuando los gobiernos tienen algo para regalar, mientras que para Drake el populismo ya jugó sus últimas cartas y afirma según sus conocimientos que “Los observadores admiten que durante la última década el populismo jugó sus últimas cartas en América Latina. En consecuencia, los investigadores han iniciado la autopsia del cadáver. Luego de galvanizar la política del continente durante cuarenta años, en la década de los setenta los populistas se descubrieron finalmente frustrados, burlados, prohibidos, exilados y hasta enterrados. Figuras como Juan Domingo Perón, Víctor Raúl Haya de la Torre y José María Velasco Ibarra pasaron a mejor vida en esos años setenta”. Según sus revelaciones, no habría llegado a los días de Kirchner, lo cual pondría verde a más de un investigador con fondos al día.

Drake cita al académico Steve Stein en un trabajo para la University of Wisconsin Press, quien habla de movilización de masas, cultura política y carisma en el Perú. “El populismo latinoamericano, nos dice Stein, se ha distinguido por su pluriclasismo y su concentración urbana y ha funcionado en el siglo XX latinoamericano como reemplazo histórico del caudillismo decimonónico”. Ya paso seguido establece el principio en “los orígenes del populismo electoral en la lucha presidencial de 1931 entre Luis M. Sánchez Cerro, de los militares, y Víctor Raúl Haya de la Torre, del APRA”. Lo cual implica un retorno al delirio respeto de otros analistas. Así Drake se monta en esa búsqueda sin pie ni cabeza y sostiene que “Los partidos populistas pueden volverse conservadores con el tiempo, como lo atestiguan los casos de Perú, México y Venezuela. Pero los brotes guerrilleros del aprismo y sus cofrades en los años sesenta, demuestran también que esos movimientos podían ser semilleros de alternativas más radicales”, refería. Es decir que, en su visión, los movimientos guerrilleros serían producto del populismo en esos países. Y agrega que “La biografía de Jorge Eliécer Gaitán hecha por Richard Sharpless trata también el tema del liderato galvanizador dentro de los movimientos populistas. Por contraste con el enfoque de científico social de Stein, Sharpless intenta un relato tradicional, baraja algunas teorías sobre el populismo en su introducción y en sus conclusiones, pero no ofrece ni se apoya en una conceptualización elaborada”. Esto último es clave en la tarea de los pensadores que no investigan el populismo y, por lo tanto, no alcanzan a definir sino aparentemente, según una necesidad no expresada vinculada a su pertenencia corporativa. Drake reflexionó: “La noción de populismo como una respuesta paternalista a las crisis urbanas en países dependientes se anuncia pero no se explora a fondo”.

 

Laclau y Gran Bretaña

Ernesto Laclau representó la variante positiva británica del asunto. Si no era posible que sectores de centroizquierda se asumieran como populistas, había que reconocer a la corriente, una singularidad que no tuviera ya su origen en el fascismo sino en el comunismo o en el socialismo. Se trataba de que, abandonando sus pertenencias y símbolos originarios, asumieran el veredicto académico de corte eurocéntrico. Para eso, incorporó la apertura lacaniana a los conceptos como si el francés hubiese sido poco menos que un dirigente político. Laclau es originario de la orientación política que creó en Argentina Abelardo Ramos, al igual que Jorge Fernández Díaz, y radicado en Gran Bretaña, se convirtió en ciudadano de ese país. Laclau pretende suspender la “lucha de clases”, dado su carácter binario por la idea de una variedad de antagonismos que van de lo económico a diferentes ámbitos creando una complejidad más rica a la hora del análisis, es decir, plantea una lucha de clases con otros ingredientes. Ahora, el denominar al todo como populismo, derecha-izquierda, lo que hace es negar el simbolismo y la subjetividad nacional, regional o continental, que pudiese poner en cuestión el eurocentrismo de sus conceptos. Ese juego no anunciado, propone una afirmación de lo propio europeo sobre la negación, por izquierda, de lo propio americano y el contenido nacional cuando se presente. Se sintetiza la circulación de ese ideario, en una negación de la historia, cosa que comparte con cualquier expositor del populismo, lo presente negativo o positivo. La jugada consiste en sacar del juego a quienes se presentan como un límite a la acción corporativa neoliberal internacional. De ahí que es necesario enfrentar a esa concepción reaccionaria y retrógrada, en función de un tiempo histórico que es para la América en su conjunto, una reafirmación precisamente de su lugar en esa historia.

 

* Alejandro C. Tarruella es periodista y escritor. Es autor entre otros libros de “Guardia de Hierro. De Perón a Bergoglio” y lanza próximamente “Historia Política de la Sociedad Rural” (Editorial Octubre).

 


Fuente: Pensar al Sur