01 de abril de 2019

HACER HUELLA CON ZAPATOS PRESTADOS

Estaban desesperados, ellos cuatro y algunos más, tampoco tantos.
Sabían lo que no había que hacer, copiar, América era otra cosa, no se parecía a nada.
Estaban convencidos que si no hacían algo nuevo, pifiaban feo.
También sabían que el tiempo y las circunstancias les jugaban en contra.


Por Diego Mendiburu 

@echameuntuit

 

Estaban desesperados, ellos cuatro y algunos más, tampoco tantos.

Sabían lo que no había que hacer, copiar, América era otra cosa, no se parecía a nada.

Estaban convencidos que si no hacían algo nuevo, pifiaban feo.

También sabían que el tiempo y las circunstancias les jugaban en contra.

La América sin nombre había nacido al norte, parida por Bering, en su descenso, al sur bien al sur, se fue multiplicando, poblando y mixturando.

Al sur, la América sin nombre se hizo América española. No para todos, algunos sabían que era otra cosa.

La mezcla, decía Martín en su poema, siempre fue encuentro, nacimiento, muerte y resurrección.

La innombrada, que luego fue América española, era fusión de saberes milenarios, explosión de pasiones encontradas, torbellino de culturas que se encuentran se maridan y dan frutos nuevos.

Una mezcla, y bien mezclada, de indios, negros, criollos y europeos, luego vendrían otros de lugares más lejanos.

Igual seguirá siendo mestiza y criolla y siempre pero siempre americana.

Ellos sabían que el destino de América se jugaba en esos años y que ellos protagonizaban el porvenir.

No se podía copiar nada, lo prestado no servía, el resto, casi todos, decían lo contrario.

Manuel, el pensador que se hizo general, reflexionaba, tomar prestado es como caminar con zapatos de otro, la huella sale torcida, camina chueca como sin rumbo y, luego, nos achaca todo el cuerpo.

También decía Manuel, “hay que cambiar al pueblo” pero no era, como algunos nos quisieron hacer creer, que había que traer otro pueblo sino que había que educar y formar al propio, sin esto la revolución y el sueño se hacían imposibles.

La mezcla no admitía ni las formas de unos ni las iluminadas instituciones de moda de los otros, debatían los dos Simón.

Manuel y José, aún sabiendo que era un disparate, dijeron monarquía.

Proyecto muerto, se decían, pero también la República, en estas condiciones, también lo era.

José, el libertador del sur del sur, fue el embrague entre Manuel y los dos Simón, el libertador del norte del sur y el educador que no pudo ser.

Simón, el libertador, discutía de lo mismo con el otro Simón, el educador desconocido.

Y el modelo educativo para esto? Si los hombres eran nuevos, todo debía ser nuevo y original.

La República? Se preguntaban.

La respuesta, imposible una república sin republicanos, “necesitamos tiempo para formar republicanos, pero no tenemos tiempo” se decían.

Manuel murió y no solo no pudo sino que nadie fue a su entierro.

José se marchó a Europa sabiendo que no había podido ganar su batalla, llevar verdad y libertad a los pueblos que había liberado.

Simón el conocido murió partiendo a su exilio, su proyecto no pudo llevarse a cabo y el otro Simón murió como vivió, ignorado por esa mayoría que siempre quiso educar para libertar.

Pero tenían razón, las repúblicas nacieron torcidas y aún hoy caminan como no encontrando el rumbo, ellos sabían que aquellos zapatos prestados todavía obedecían a su antiguo dueño.

La huella está, pero pisa torcida.

Quiere enderezarse pero le cuesta y le cuesta mucho.

Tal vez algún día, de tanto intentarlo, termine por enderezarse.

Manuel, José y los dos Simón tenían razón, era imposible hacer huella con zapatos prestados y peor aún República sin republicanos...

 

REFERENCIAS

Martin, Martin del Barco Centenera

Manuel, Manuel Belgrano

José, José Francisco de San Martín

Simón, el libertador, Simón Bolívar

Simón, el educador, Simón Rodríguez