20 de febrero de 2019

EL GENERAL Y LA MÁSCARA DE LA ADVERSIDAD

"Juancito giró frente al General, me miró y me pidió que luego de almorzar nos reuniésemos para regresar a Puerta de Hierro. Así fue que horas después estaba nuevamente en la casa del general y me dediqué a ayudarlo a ordenar unos libros que tenía desordenados, uno sobre otro, otros abiertos y marcados con señaladores, porque allí iban a reunirse. Allí me encontré con un tipo increíble que se avenía al diálogo sin vueltas como si fuésemos amigos desde siempre" Alejandro Tarruella nos cuenta sobre la alteridad cálida y popular del Gral. Perón


Por Alejandro Tarruella

Cuando bebas agua, recuerda la fuente.

Proverbio chino

Ninguno de los compañeros me avisó que cuando uno se encuentra de pronto frente al General se queda tieso como si lo hubiesen enyesado, no atina a decir palabra, la boca se le va secando y los nervios se congelan en una nada que hace de las cosas una nebulosa terca, en la que pierde su capacidad de acción. Claro que tampoco uno, cuando era como yo, dirigente gremial metalúrgico de la Siam, y lo llaman para ir en una pequeña delegación a Madrid a verlo, tiene la menor idea acerca de cómo pararse frente a él y decirle algo.

Todo sucedió en un susurro y la brevedad no fue como la perdurable de la sensación que me encerró sobre mí mismo. Me había llamado Juancito, el delegado general de la fábrica, y me informó que integraba una delegación que viajaría a Madrid a un encuentro gremial con organizaciones de España y, sin que nadie sepa nada, el secreto era una realidad indiscutida en el mundo político de aquellos años, íbamos a ver al General en su residencia de Puerta de Hierro.

Hubo que preparar valijas, aquí era mayo de 1967, aquí era dictadura y allá verano. Nos pidieron que llegásemos a verlo con riguroso traje gris, camisa blanca y corbata azul, parecíamos empleados públicos. Y así fue que a los pocos días arribamos a Madrid, al aeropuerto de Barajas, y horas después, hablábamos de nuestra experiencia a sindicalistas españoles. A esos muchachos les interesaba conocer la experiencia de la resistencia, las huelgas, la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre, la lucha contra el ejército y en particular el tema de los caños.

Yo había participado en esa etapa tan difícil cuando preparábamos contenidos sencillos, que estallaban con tanta facilidad que más de una vez cometimos una macana y alguna persona no prevista resultaba herida. Hubo un compañero de la Unión Obrera Metalúrgica que dejó un caño en un bar en la Capital y acabó con la vida de un mozo. Hoy está prófugo, luego de no sé cuántas fugas, y se cree que está en Bolivia, oculto por la gente del Movimiento Nacionalista Revolucionario. Los gallegos no comprendían nada porque ellos, después de la Guerra Civil, no eran capaces de tirar una piedra, con Franco marcaban el paso y hacían la venia como torpes soldaditos. Juancito era el más experimentado de nosotros, pero no dijo jamás esta boca es mía, y escuchaba o hablaba únicamente de la acción gremial.

Nos habían instalado en un hotel pequeño ubicado en La Gran Vía, una avenida ancha que nos recordaba a la avenida de Mayo. Allí esperábamos la orden del General para ir a verlo.

- Muchachos, mañana el general nos dice cuando lo vamos a visitar – nos decía una y otra vez.

Por fin llegó el día. Fue en la noche, cuando nos estábamos preparando para dormir, Juancito entró en la habitación que compartía con un compañero; éramos seis en total, y lo anunció.

- ¡Compañeros! ¡Llamó el General en persona, le escuché la voz y era él, mañana a las ocho de la mañana nos recibe en su residencia! Así que a dormir y nos levantamos a las seis y media para prepararnos -dijo.

Dormí contento, ¿qué más podía pedir un compañero trabajador que ver a su General en su casa y conversar con él? Me imaginé contándoles el encuentro a los muchachos de regreso a la fábrica. La noche se hizo larga y desperté varias veces transpirado, era el presagio del encuentro.

Poco antes de las ocho, luego del desayuno, subimos a una combi y partimos.

- Tengo una rara sensación, me parece y no me parece que estoy en este viaje -se confesó Matías, uno de los delegados jóvenes de Avellaneda.

- No se preocupen, muchachos, lo mejor es hacer como si fuésemos a un picnic y dejemos que las cosas nos sorprendan porque esto es muy fuerte -propuso Juancito sonriéndose, para él también era la primera ocasión.

Había visto varias veces la entrada a Puerta de Hierro en “Crónica”, que le jugaba derecho al  General. Me di cuenta que esa era la casa cuando vi las plantas y las flores antes de ver esos perros pequeños que siempre se fotografiaban junto al general. La combi se detuvo en la entrada y unos tipos de riguroso traje negro recibieron a Juancito, uno de ellos lo estrechó entre sus brazos. En el ambiente en el que nos recibió, recuerdo que había mucho papel, libros, cuadernos, agendas, biromes, lapiceras y lápices, cuadros del general con políticos de diferentes países, algunos cruzados por una firma.

Al producirse el instante en que nuestro grupo era saludado por el General, cuando fue mi turno, quedé paralizado, la boca seca como si hubiera mordido arena y no pudiera echarla afuera, los ojos fijos en la sonrisa de ese hombre que parecía demoler humanidades a su paso. Mis oídos parecían haber quedado fijos en un sonido incomprensible y así, cuando desplazándose entre uno y otro de los muchachos me habló, tuve que recuperarme abruptamente para comprender su breve mensaje.

- M’hijo, no se me asuste que soy de carne y hueso -alcancé a reconstruir entre sílabas perdidas y palabras que ardían en mi cabeza.

En un breve recorrido a ese ambiente, el General lo ocupaba todo porque las miradas del conjunto se reunían alrededor de su figura imponente. El encuentro fue breve y él habló de la necesidad de estar firmes ante el intento del gobierno de aquellos años, el presidente era el general Onganía, de quebrar el poder del movimiento obrero organizado. El mundo giraba en torno a su figura. Al concluir el encuentro, Perón le habló a Juancito.

- Juan, preciso que esta tarde uno de sus muchachos venga con usted para ayudar a mi gente porque esta noche vamos a reunirnos con algunos políticos españoles y por supuesto, lo espero a usted.

Juancito giró frente al General, me miró y me pidió que luego de almorzar nos reuniésemos para regresar a Puerta de Hierro.

Así fue que horas después estaba nuevamente en la casa del General y me dediqué a ayudarlo a ordenar unos libros que tenía desordenados, uno sobre otro, otros abiertos y marcados con señaladores, porque allí iban a reunirse. Allí me encontré con un tipo increíble que se avenía al diálogo sin vueltas como si fuésemos amigos desde siempre.

- ¿Qué es lo más difícil para usted que tiene como misión conducir nuestro movimiento? -le pregunté a boca de jarro, parecía que la pregunta no la hubiese hecho yo sino alguien que estaba dentro mí galopándome.

- Hay muchas cosas difíciles, m’hijo, para un conductor y a todos los embates.