19 de junio de 2017

Rusia y el nuevo concierto de las naciones


Por Sergei Karaganov
decano de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Económicas de la Universidad de Investigaciones de Moscú y asesor de la Presidencia de la Federación Rusa para asuntos políticos, estratégicos y científicos.                                         


A lo largo de los últimos años y, en particular, en 2016, el noticiero internacional, en particular la prensa occidental, no se cansan de responder a la pregunta de “¿Quién gobierno el mundo?” repitiendo que es:  Putin y la Rusia gobernada por él,  El presidente ruso consiguió superar el orden mundial establecido en los años noventas y ha sido blanco de la prensa occidental, que lo acusa de ser el culpable de la entrada a Europa de hordas de emigrantes venidos de Paquistán, Afganistán, Siria y otros países árabes, de incitarlos a atacar a las mujeres europeas, entre otras acusaciones.
Conocidos vehículos de la prensa occidental, han afirmado que Rusia está detrás del éxito de la oposición de derecha y de extrema derecha en el escenario político europeo, lo cual ha puesto en jaque a las tradicionales e ineptas figuras políticas actualmente en el poder.  Se alega que Putin y sus terribles hackers habrían sido los autores del fracaso de la coalición de belicistas liberales y neoconservadores que perdieron las elecciones estadounidenses ante Donald Trump, por ejemplo.
Ese tipo de notas sobre Putin y Rusia han agradado a la parte chovinista de mi alma, sobre todo después de años de escuchar análisis sobre el supuesto “colapso inminente” de Rusia, sobre sus supuestas “debilidades,” y sobre el hecho de ser una mera “potencia regional” que sería aislada y subyugada por medio de sanciones impuestas por Occidente.  Por otro lado, mi parte racional sabe que no fue Rusia, sino una serie de errores, muchas veces al borde de lo criminal, la que llevó al viejo orden mundial al colapso.  Moscú, que jamás apreció tal estado de cosas, contribuyó a ese derrumbe, al negarse a seguir tal orden.  Pero, en verdad, esta fue una contribución muy modesta.
El orden mundial en decadencia fue establecido con el derrumbe de la Unión Soviética, el cual trajo el reconocimiento ilegítimo de la independencia de Croacia y de Eslovenia de la extinta Yugoslavia en 1991, lo que fue seguido por una terrible guerra civil y por una campaña de bombardeo que destruyó a la restante Yugoslavia, en 1999, y por la agresión de los países occidentales (y de la enferma Unión Soviética) a Irak, que provocó su desintegración y la muerte de centenares de miles de personas.  Uno de los productos más recientes de ese orden mundial fue la agresión a Libia, que virtualmente dejó de existir como Estado.  Las élites estadounidenses y occidentales decidieron que habían “vencido” en la Guerra Fría, en los años noventas, y trataron de consolidar por la fuerza el triunfo de la “democracia” en el mundo árabe, pero fracasaron.  Perdieron en Rusia de igual forma, al tratar de seguir una política “neo weimariana” (referencia a la efímera República de Weimar, Alemania, antes del nazismo), olvidándose de que el país siempre ha renacido de sus cenizas y ha conseguido vencer a sus adversarios al final.
A lo largo de la mayor parte de la historia europea, el papel que hoy ocupa Putin fue destinado antes a las brujas, a los judíos y a los masones –finalmente, víctimas de teorías conspiratorias que descargaban en eso grupo la culpa de las dificultades de la vida que las élites europeas no sabían explicar de otra forma.
En esos tiempos pre modernos, las corporaciones transnacionales y la sociedad civil mundial había buscado gobernar el mundo.  La ideología liberal –que está viendo apenas el comienzo de su derrumbe estratégico- ha proclamado que, con la caída del comunismo, la presencia del Estado en la economía estaría muriendo, y que él sería sustituido por un gobierno mundial apoyado por esas mismas organizaciones no gubernamentales y corporaciones transnacionales.  De forma previsible, ninguna de esas ilusiones se hizo realidad.  El mundo se desarrolla gracias al fortalecimiento de un nuevo grupo de países.  Pero lo más preocupante es el crecimiento del abismo (constantemente advertido por Kissinger, hace 20 años) entre los crecientes problemas que enfrenta la humanidad, de un lado, y la desorientación de los gobiernos nacionales, por el otro.
El mundo fue relativamente gobernable entre las décadas de 1950 y 1980, con el poder dividido entre dos potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética.  Cuando se creó un orden cuya estabilidad residía en la destrucción mutuamente asegurada, el mundo se convirtió en un lugar relativamente seguro.  Este sistema difícilmente beneficiaba a Rusia, la que, al lado de un grupo de Estados débiles y poco confiables y de un sistema económico ineficaz, fue engullida por la superioridad de la riqueza de los países occidentales industrializados.  Este descompás terminó por despachar a la URSS a su posterior derrumbe.  Cuando sucedió la caída del comunismo, por un momento, pareció que el mundo se había vuelto unipolar y que Occidente, encabezado por Estados Unidos, estaba destinado a dominar el mundo para siempre –implicando que el mundo sería gobernado por un solo hegemón.
Pero esto sueño comenzó a fracasar en el momento exacto en que Europa comenzó a cometer una serie de errores, como la adopción de políticas de defensa y de relaciones exteriores comunes, lo que redujo la influencia de las grandes potencias europeas en el escenario internacional.  Habría que incluir también la introducción del euro como moneda, el multiculturalismo y la negativa a buscar una política de seguridad clara.  Casi todos los países europeos y Estados Unidos dejaron de lado las reformas importantes.  Washington se involucró en intervenciones militares que tuvieron el apoyo de sus aliados europeos –y fracasaron.  La crisis económica de 2008 fue el golpe de gracia a la supremacía política, económica y moral auto proclamada por Occidente.  El modelo económico liberal propuesto e impuesto por tantos años comenzaba a retroceder y fue rechazado en todos los lugares –sin un sustituto a la vista.
Mientras Occidente estaba viviendo su sueño dorado del “fin de la Historia,” los hechos se fueron sucediendo.  A principios de la primera década de este siglo estaba claro que Asia asumía el liderato económico mundial y que China consolidaba su camino para convertirse en la primera economía del mundo –así como en la principal potencia estratégica en un futuro previsible.  Los cierto es que ya ocupa la posición económica, en términos de producto interno bruto calificado de acuerdo al poder de compra.  Esa década se convirtió en un periodo realmente desastroso para Occidente, que experimentó un retroceso en tiempos de paz que sólo comparable con el derrumbe de la Unión Soviética.  Como resultado, el vació de gobierno, que ha aumentado por diversas razones, alcanzó una nueva dimensión.  Los “nuevos” actores comenzaron a desafiar los vestigios del sistema unipolar.
Rusia desafió ese estado de cosas de la forma más contundente, cuando percibió, a mediados de esa primera década de este siglo, que el mundo, en especial el Oriente Medio, estaba en camino de una gran desestabilización.  Moscú percibió que había oportunidades de un acuerdo amigable para poner fin a la expansión “neoweimariana” de alianzas occidentales con territorios que el gobierno ruso consideraba de importancia vital para su seguridad, y que el mundo estaba caminando rápidamente hacia una nueva guerra.
Ante tal realidad adversa, Moscú comenzó a prepararse: realizó reformas importantes en su estructura militar y no dejó ni la menor duda en palabras y actos de que no cedería al nuevo orden establecido por Occidente, mismo que respondió con medidas vengativas, en un intento de mantener sus posiciones.
Durante los días de Navidad de 2013 y de 2014, cuando la confrontación de larga data llegaba a su punto más alto y la colisión parecía inevitable, releí La guerra y la Paz de León Tolstoi y reflexioné mucho sobre una frase en especial del libro: “Una batalla es ganada por aquellos que están profundamente decididos a ganarla.”  Entendí que Rusia estaba decidida y que iba a vencer, lo que, finalmente, ocurrió a principios del año pasado.  Las amenazas de derrumbar su economía y de proceder a un cambio de régimen por medio de la asfixia económica y de la promoción de la insatisfacción popular, resultaron ser infructíferas.  Igual destino tuvieron las ridículas amenazas de “aislar” a Rusia, que sólo han logrado que se consolide y gane terreno en el plano internacional desde entonces.
Los ataques de propaganda, tan maliciosos que debilitaron la confianza en todos los grandes medios occidentales, siguen a todo vapor en Alemania y en el mundo.  Pero la prensa occidental cambió de estrategia y sustituyó la postura ofensiva por una defensiva, pasando a hablar de la supuesta capacidad de Moscú de señalar y elegir candidatos de su interés en otros países, así como sus éxitos de propaganda en la prensa.
Pero Rusia tan sólo se colocó del “lado correcto de la Historia”  al no destacar valores post modernos, pero si modernos y post post modernos: soberanía nacional, libertad de elección política y cultural a todos los países y pueblos, dignidad personal y nacional y valores humanos milenarios.  Con eso, Rusia dejó de ser un país periférico, para recuperar su condición de potencia.  Sin embargo, la victoria de Rusia no resuelve todos los problemas que el mundo enfrenta, el cual se hace cada vez más ingobernable y peligroso.
La situación se vuelve más crítica con la diseminación de la democratización, inclusive en la mayoría de los estados autoritarios, multiplicada por el avance de la informatización.  Las personas tienen cada vez más conocimiento, pero comprenden cada vez menos lo que leen.  Y cada vez presionan más a sus gobiernos con peticiones, cada vez más frecuentes, si no es que diarias.  La principal aspiración actual es, sin duda, el acceso al bienestar.  Los políticos, en especial, en los países democráticos, se han mostrado incapaces de pensar y de actuar de forma estratégica.  Lo “políticamente correcto” ha apartado de las clases políticas a las personas capaces de actuar con un fuerte sentido de responsabilidad con el futuro.  El resultado es el deterioro del gobierno, con Estados Unidos convertido en una rara excepción, ya que fue capaz de elegir líderes de peso, como Ronald Reagan, Barack Obama (que comenzó bien su gobierno, aunque haya fracasado al final) y Donald Trump.  A su vez, las viejas élites en decadencia han maldecido el “populismo” de masas, buscando desacreditar la democracia cuando pierden el dominio del voto popular.
La verdad es que parece que los países autoritarios, con gestión incompleta de sus democracias, pueden estar mejor preparados para competir y gobernar en medio de ese mundo crecientemente volátil.  La competencia por una forma mejor de gobernar está abierta.
Rusia, China y otros “nuevos” actores descontentos con la hegemonía de Estados Unidos se han empeñado en la construcción de un nuevo orden mundial multipolar, lo que ya está sucediendo.  No obstante, el resultado parece más un caos sin rumbo, con una inestabilidad creciente.  Los primeros contornos de una nueva bipolaridad comienzan a emerger en medio del escenario actual.  Rusia y China han proclamado el objetivo de construir una sociedad llamada Gran Eurasia, que está abierta a la participación de toda Europa.  Estados Unidos y sus países asociados deberán formar otro centro mundial, si Donad Trump tuviese éxito en poner en práctica su programa “para hacer a Estados Unidos grande otra vez.”  Es importante que las relaciones entre esos dos bloques mundiales no sean conflictivas.  Europa, con su enorme herencia cultural y su economía todavía fuerte, no puede aspirar a tal centro, sino hasta que comience a tener problemas serios en razón de los errores y de los problemas antes mencionados.
El mundo está atravesando un momento en el que dos antiguos sistemas de gobierno se están derrumbando.  Uno de ellos, bipolar, está dejando de existir, a pesar de los intentos de revivirlo en Europa, por medio de una nueva confrontación OTAN-Rusia.  El otro, unipolar, también se está desintegrando rápidamente y está próximo al fin.  Casi todas las instituciones de gobierno están perdiendo su vitalidad.  Las nuevas instituciones –como la Organización para la Cooperación de Shanghái, los BRICS, los bancos y los sistemas opcionales de pago- todavía son embrionarios y no pueden decir cuándo ni cómo serán capaces de llenar el vacío de gobierno.
Para empeorar todo, las normas de relaciones internacionales y de decencia política se están hundiendo.  Somos testigos del alud de mentiras y de falsas noticias contadas por los líderes mundiales.  Las élites, en muchas partes del mundo, están desesperadas y parecen no entender por dónde camina la humanidad. Los vacíos morales e intelectuales componen el vacío de gobierno.  Bajo todas las definiciones, vivimos en un mundo inestable rumbo a una nueva guerra.
¿Qué se puede hacer para evitar el desastre?  La contención nuclear salvó al mundo durante la Guerra fría y sigue convenciendo a los círculos políticos de los países líderes para que no se metan en aventuras inconsecuentes.  Espero que Vladimir Putin y Donald Trump sigan rechazando el romanticismo de un desarme nuclear.
Además de eso, es necesario abrir el diálogo sobre la estabilidad estratégica internacional, involucrando a otras naciones.  La estabilidad ha sido perjudicada por falta de diálogo, en medio de un ambiente de creación de nuevas técnicas, en especial, de ataques cibernéticos, que, probablemente, tengan capacidad de destrucción de masas,  tanto ofensivas como de intimidación.  Sin embargo, sería peligroso confiar en el factor negativo de una amenaza nuclear para siempre.  Creo que sólo hay una única solución posible en medio de ese mundo cada vez más inestable: el establecimiento de un nuevo concierto de naciones.  Esto incluye, por el momento, a las tres únicas potencias reales del planeta: Rusia, China y Estados Unidos.  En el futuro, este círculo podrá ampliarse con la entrada de países como Japón, India y algunas naciones europeas, si dejan a un lado la mortal “política común de defensa,” que ya redujo la influencia de Europa en el mundo, y adoptan en su lugar una política coordenada.  ¿Tal solución es posible?  No se puede decir, pero, hace 200 años, una coyuntura histórica de dos eras de poder en Rusia, la longevidad de Alejandro I, Metternich y Talleyrand permitieron que Europa, que era el centro del mundo de entonces, estableciese una paz relativa por casi un siglo y crease posibilidades para el progreso económico y espiritual de nuestro subcontinente.


Fuente: Revista italiana Limes