04 de febrero de 2018

TRUMP: ¿QUÉ HAREMOS ESTA NOCHE, CEREBRO?

La serie animada “Pinky y Cerebro”, producida por Steven Spielberg a comienzos de los años noventa, entre sus distintas versiones tuvo algo así como 80 episodios.


Por Fabian Lavallen Ranea- Pensar al Sur

 ¿Qué haremos esta noche Cerebro?

1.-“Intentaremos conquistar el Mundo…”

Hay una pregunta fatal con la que todos los episodios del dibujo animado “Pinky y Cerebro” comenzaban en cada emisión. Uno de los protagonistas, Pinky, mientras se ejercitaba en una rueda, le pregunta cada noche a su compañero de cautiverio que harían en las próximas horas. El co-protagonista, Cerebro, numen de las aventuras, responde conspirativamente y con toda la audacia: “Lo que hacemos todas la noches: intentaremos conquistar el mundo…”. La serie animada “Pinky y Cerebro”, producida por Steven Spielberg a comienzos de los años noventa, entre sus distintas versiones tuvo algo así como 80 episodios. Era extraordinaria. Los personajes fundamentales de la serie eran nada menos que dos ratoncitos de laboratorio (en realidad una rata y un ratón), sobre los cuales el propio Pavlov había experimentado con ellos. A partir de las pruebas genéticas que les realizan, adquieren cierta racionalidad y comportamiento humanos. Se hominizan. Uno de ellos, Pinky, es loco (no tonto como se cree), de porte más grande, al igual que las ratas. Y el otro, Cerebro, de cabeza más grande y voz épica   -copiada de la voz conspirativa de Orson Welles-  es un genio, como reza la propia cortina del programa. Éste último además posee un notable y fabuloso complejo de grandeza.

 

Cada noche, cuando los científicos abandonan el laboratorio ACME donde viven los ratones, Pinky, en su rueda que no lleva a ninguna parte (aunque él cree que sí), le pregunta al ratón más sabio “¿Qué haremos esta noche Cerebro?”. El maquiavélico Cerebro contesta con ademanes y pasión obsesiva: “lo que hacemos todas las noches; intentaremos conquistar el Mundo”. Y se desata la aventura del día.

El segmento inicial era casi siempre el mismo. Luego de la respuesta de Cerebro, la cortina del programa, e inmediatamente después el ratón genio mostraba una pizarra con todo el “Master Plan” preparado para esa noche, el cual muchas veces consistía en cómo hacer para llevar adelante los pasos previos para la conquista del mundo. Entre esos pasos, el primero siempre era cómo dominar a los seres humanos, ya sea mediante hipnosis, sustancias químicas, máquinas, etc., para luego tener el terreno libre para la conquista definitiva del orbe.

Como toda serie exitosa, lo repetitivo de su estructura y lo predecible de la audacia maquiavélica del protagonista, es lo que le daban éxito al combo del programa. De antemano, el hecho que sean ratoncitos inocentes permitía empatizar con los tiernos personajes, quizás por intuirse que a pesar de la misión tiránica que se imponían, irremediablemente serían inofensivos. El mal carácter de Cerebro y la desigual pareja que conformaban, creaba una combinación excelente para situaciones absurdas y graciosas, con permanentes referencias sobre la historia política norteamericana, que en algunos casos era más que sutil y profunda.

Ya sea por la torpeza de Pinky, o de lo irracional de la respuesta humana a los planes de Cerebro, y muchas veces por la simple mala suerte, los planes de los dos ratoncitos todas las noches fracasaba, estimulando un nuevo y mejor plan para el otro día, o la próxima noche. Porque sabíamos que la pregunta volvería. Sabíamos que volverían a intentarlo, y que volverían a fracasar. Porque estaba en sus genes seguir intentándolo. Y nos gustaba saber que aunque absurdos y paranoicos, irremediablemente no se detendrían en su misión de conquista.

Se obsesionaban con cambiar las condiciones subalternas de los ratones, y sacar de su hegemonía global a los hombres, esos seres inferiores, torpes, que por destino evolutivo tuvieron las herramientas para adueñarse del mundo casi de casualidad. Incluso, en uno de los mejores capítulos de toda la serie, llamado “Cuando los ratones dominen la tierra”, Cerebro inventa una máquina del tiempo, como herramienta para cambiar el presente “bifurcando” la historia. Viajan al pasado, hasta la “era primordial”, e intentan que los ratones de la pre-historia den saltos evolutivos con los aprendizajes que ellos mismos les llevan a cada época. Intentan enseñarles a manipular el fuego a los ratones ancestrales, e incluso a utilizar armas antes que a los hombres, facilitando el avance de su especie en desmedro de la humanidad. Pero como siempre, todas las amenazas y diabólicas planificaciones fracasan, tropiezan con eventos inesperados y situaciones azarosas que estaban fuera de la prospectiva que habían diseñado. Pero volvían a intentarlo.

2.- “¿Estás pensando lo mismo que yo?”

En los cientos de artículos y análisis que se escribieron en los últimos meses sobre los EE.UU., se destaca que la llegada de un “out-sider” como Donald Trump al poder ejecutivo  implicó la representación del voto protesta o anti-sistema, como todas las llegadas de hombres que simbolizaban el “afuera” de la política. El magnate logró orientar y canalizar el hartazgo, el revanchismo y la frustración de millones de votantes, que estaban (y están) enojados, fastidiados por el derrotismo de la crisis, el “deprimente” discurso progresista e igualitario de Barak Obama, y el menosprecio por la tradición imperialista que éste último había demostrado. Esa especie de imperialismo republicano, aún altivo y soberbio, interpelaba a los trabajadores en un militarismo de grandeza mesiánica, que servía al menos de paliativo para su mísera cotidianeidad. Cuando el bolsillo no alcanza, nada mejor que conquistar el mundo…

Ante la ansiedad producida por el derrumbe de la estructura tradicional del trabajo, y la crisis del “sueño (económico) americano”, Trump les ofreció a esos derrotados unos claros chivos expiatorios, para suplir la pérdida del modo de vida que supieron conseguir: a saber, canalizaron la frustración sobre la globalización, el inmigrante, el ambientalismo, el comercio…  Y se supone que atacando esa víbora de varias cabezas la recuperación sería inminente. La Restauración sería posible, pero de la mano del peor nacionalismo, el proteccionismo y la militarización. Y para eso se necesita coraje. Un hombre con coraje que diga las cosas como son, y enfrente los demonios que obstruyeron el Destino potente que hace más de doscientos años se manifestó en las tierras bíblicas de Norteamérica.

Para ello también se necesita ignorar el mundo, enfrentarse a él mirándose el obligo, y diciéndole a esa gente que no conoce otra realidad más que la inmediata de su barrio, todo aquello que quieren oír.

Y Trump se los dijo, en el idioma que querían oírlo, y a los gritos.

No nos olvidemos que la misma candidatura de Donald Trump a la presidencia es producto del odio. Según el interesante análisis de Vicente Vallés (2017), el magnate decidió postularse a la presidencia sin ningún tipo de experiencia política previa, la noche del último sábado de abril del 2011, en la tradicional Cena de los corresponsales del hotel Hilton de Washington. Esa noche, Barak Obama  -en su mejor momento de popularidad y carisma-  le dedicó varios minutos de su discurso (ante toda la prensa nacional), a Donald Trump, para ridiculizarlo, atacarlo y mofarse de sus ideas paranoides, y de sus dudas sobre el origen americano del presidente. Incluso, en una “mueca siniestra de la suerte”, como dice el tango, Obama hipotetizó sobre la “estética” que inundaría a la Casablanca si algún día un personaje como Trump llegara a la presidencia… Obviamente, todo el auditorio, donde estaban los nombres más poderosos de los EE.UU., estalló de la risa. Vueltas del destino, y la revancha, cinco años y medio después volvieron a reunirse, pero esta vez en la Casablanca, para que Obama lo reciba a Trump como presidente electo.

3.- Preludio a la Declinación.

Ya hemos tenido un importante repertorio de mandatarios mundiales que desconocen aspectos básicos de la política mundial. En el primer mundo, en el segundo o el tercero. A pesar de ello, la imprudencia y desfachatez de ciertas declaraciones de George W. Bush (hijo) durante dos presidencias (2000-2008), pareció colmar las expectativas de una buena cuota de desenfado e ignorancia en la Casablanca. La paradoja arquetípica de un ignorante como Homero Simpson a cargo de la seguridad de una planta nuclear, es un buen punto de referencia para ubicar a Bush II. En su caso, se le otorgo el manejo del mayor arsenal bélico que se ha conocido desde el neolítico hasta el presente, a un hombre que dio pruebas de desconocer siquiera la ubicación de  los países de Europa del Este, si África era un país o una región, o el origen de los problemas eléctricos en EE.UU.

Tan grande fue su ignorancia que Fernando Uriz, traductor de la obra “El libro Bobo de Bush” (2005), consideraba que la caza y recopilación de las meteduras de pata del ex Presidente eran casi “un deporte nacional en EE.UU”. Incluso se inventó el término de bushisms para conceptualizar sus errores y lapsus. Su ignorancia llegó a extremos cinematográficos que ni Mel Brooks pudo haber imaginado. Era un hombre que se enorgullecía en público de no leer nada más que el diario, y de “no pensar las cosas demasiado” antes de tomar una decisión… Recordemos: fue ocho años presidente de los EE.UU.

No creo que los presidentes deban ser eruditos o filólogos, pero al menos contemplar ciertas lógicas geopolíticas, o conocer algunos elementos básicos de las relaciones internacionales. En el caso de Bush, nos acostumbramos a un repertorio de frases ignorantes que hasta se volvieron simpáticas o tragicómicas, al menos si se las asimilaba o digería con el panorama humorístico, sarcástico y crudo de Michael Moore.  Pero Bush II no fue sólo un bufón. También hubo otras cosas. Como lo estudió Eric Laurent (2005), tuvo un considerable y decisivo apoyo de una extrema derecha “fanática y en ocasiones anti-semita”, la cual consolidó una alianza “contra-natura” con los neo-conservadores.

Como lo ha analizado Ana María Ezcurra (2013), desde el colapso de la Unión Soviética, existe en norte-américa un consenso-base, es decir, ciertas líneas de política exterior compartidas donde el horizonte de la estrategia bi-partidista posee dos pilares: 1) Mantener la primacía militar (con alto poder disuasivo), y 2) Expandir el orden mundial liberal, de Democracia y Mercados.

Durante la larga gestión de Busch II, y sobre todo durante los últimos años, comenzó a evidenciarse con más fuerza la percepción de un sector importante de analistas de la política exterior de los EE.UU., que podría ser catalogado como Pos-Hegemónico, los que asumían cierto repliegue de la dominación global y el intervencionismo implementado por el gigante del norte. A pesar de ello, el 11S marcó de tal manera la imagen prepotente del revanchismo norteamericano, que es difícil recordar esos años republicanos como un declinismo. 

Lo que no podía faltar es la cuota de conspiración y complot. Las obsesiones paranoides que habitan la cabeza de algunos líderes mundiales juegan un rol más que importante en la política internacional, y en el caso de Bush II fue determinante. 

Es mundialmente conocida la fallida acusación sobre Irak con respecto a la fabricación de armas de destrucción masiva, que sirvió de pretexto para su invasión y caotización posterior. Sin embargo, no son pocos los analistas que consideran que en la decisión para invadir Irak tuvo un peso importante la idea que tenía Bush II sobre el supuesto intento de Saddam Hussein de asesinar a su padre, en un complot donde habría querido matarlo en una visita a Kuwait en 1993. Una conspiración digna de “Misión Imposible”, como consta nada menos que en uno de los retratos biográficos más importantes que se hicieron sobre el ex mandatario, “La tragedia Bush” (2008), el trabajo de Jacob Weisberg, elogiado por el New York Times y el Washington Post.

Otro de los más importantes periodistas políticos de los EE.UU. de los últimos cuarenta años, Bob Woodward -el investigador del famoso Watergate-  nos dice en “Bush en Guerra”, que cuando le asesoran al presidente sobre la poca relación de Saddam con los atentados a las torres gemelas, su insistencia en seguir tras el líder iraquí se volvió casi enfermiza, asegurando que “sabía de la implicancia” del mismo, a pesar que ninguna prueba de su propio gabinete le permitía tal elucubración. Creo que no exageramos si llamamos “obsesión” a eso.

Al margen de esas obsesiones, Bush rehabilitó sin dudas la vocación hegemónica norteamericana, para la cual la Doctrina Preventiva y el moralismo del “eje del mal” fueron funcionales. 

El arribo de Barak Hussein Obama a la Casablanca, el “hijo de África” -como irónicamente lo llamaba Muhamar Gaddafi- permitió encontrar, al menos desde el punto de vista de los gestos, a un hombre mesurado, más pensativo y prudente, con una oratoria profunda, meditada, adulta, y muy concentrado en los problemas domésticos. A pesar de esto, específicamente desde su política exterior, la llegada de los demócratas “no afectó demasiado la política imperial norteamericana”, como lo dice el influyente Perry Anderson (2013), en uno de los ensayos más prestigiosos escritos sobre la temática.

Pero al menos Obama tenía ciertas sutilezas. Por ejemplo, rebautizó la “Guerra contra el Terror”, como “Operaciones de contingencia en el extranjero”. Incrementó en un setenta por ciento el ataque con drones (otra forma de eliminaciones selectivas), creó más de sesenta agencias anti-terroristas, y prefirió el asesinato antes que la condenable y polémica tortura (Anderson,2013;143). Su visión del mundo era para algunos un globalismo selectivo, que se acercaba a ese “núcleo estratégico común” que existe en las posturas de política exterior de los EE.UU., a pesar de las distintas miradas y percepciones, pero con más prudencia, menos soberbia y más tacto.

Obama recién tomo plena distancia de la presidencia anterior en su mirada geopolítica  -en particular en cuanto al intervencionismo y el contraterrorismo-  en su segundo gobierno, donde inició un giro notable al poner como prioridad estratégica a la región del Asia-Pacífico, y comenzó a recortar los fondos siderales del Pentágono, evidenciando que emergía una nueva mirada global para los EE.UU. Las palabras clave y rótulos que comenzaron a expresar este cambio de percepción en materia de política exterior lo dicen todo: “reducción estratégica”, “auto-contención”, “restricción”, etc.

4.- El tío borracho…

Luego de semejante experiencia, la llegada de Donald Trumph, desde lo mediático y desde el mensaje, es por lo menos un espectáculo grandilocuente. Todo el repertorio de gestos, frases ampulosas, lugares comunes y poses hollywoodenses, le dieron a la Casablanca un sabor a “magazine de espectáculos” y también de reality. Recordemos que Donald Trump se hizo conocido por mucha gente por el programa-reality “El aprendiz”, y que no posee ni la más mínima experiencia en la gestión pública, careciendo de cualquier esbozo de un programa, doctrina o filosofía de gobierno.

Pero a pesar de eso, logró que sus palabras grotescas y maniqueas sean una revancha contra el establishment, un desahogo ante la rabia de desconcierto, ante la crisis política, la pérdida de representatividad partidaria, hartazgo, corrupción, desencanto… en una palabra: representó el odio.

Pero como bien advertía Ramonet (2016) cuando parecía que Trump “se desinflaba” en medio de la campaña presidencial: el empresario no es una “simple derecha” al estilo europeo.

“No es un ultraderechista convencional. El mismo se define como un conservador con sentido común y su posición, en el abanico de la política, se situaría más exactamente a la derecha de la derecha (…) Trump no es un anti-sistema, ni obviamente un revolucionario. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado piloteando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos,a las tripas, no a lo cerebral, ni a la razón”.

Ahora bien, de lo mucho que podría analizarse en cuanto a su expreso racismo, su posicionamiento (¿?) en cuanto al medio ambiente, el patrioterismo visceral  -y claramente convocante-  el populismo banal, la misoginia, la homofobia….etc., la faceta que más dramatismo despierta, es el “matonismo” que expone en su política exterior, toda esa perorata de adjetivaciones que emite sobre el mundo y la política global, con la vehemencia propia de aquel que carece de contenido.

Esa falta de sustancia de sus reflexiones (¿?) públicas, lo vuelve predecible. Es como si supiéramos lo que va a decirnos. Porque George Busch II al menos nos sorprendía, lograba asombrarnos con su repertorio de boberías, y por momentos eran infantilismos que hasta nos daban ternura por el absurdo. En cambio Donald, a pesar de la ruptura que simboliza en el derrotero de la política americana, es un estereotipo cien por ciento. Nos rememora en sus actitudes, a ese tío simpático y rápido para la bebida que en toda familia tenemos, que vemos esporádicamente para las fiestas o cumpleaños, y ya sabemos de memoria el repertorio de bromas y exabruptos con el que intentará sorprendernos. Será ordinario, ampuloso, desubicado, pero es nuestro tío, y es inofensivo. Donald es lo mismo. Sabemos a qué atenernos. Con la única diferencia que en el caso de Trump, habría que imaginar a nuestro querido tío pasado de copas, empinando una caña Legui en una mano, y una bazuca en la otra. Claro, Trump es peligroso. El tío Balvanera no lo és.

En sus actos repetitivos y desbordados, Trump juega con el peligro como si de un partido de apuestas se tratara. Resulta tan predecible en su desmesura supuestamente espontánea, que ya sospechamos que no esté dada de manera tan espontánea, y quizás, sea seriamente planificada y organizada en su desborde. Por eso creo que es un popular arquetipo, y no la espontánea reacción de un ignorante. Cada entrevista o declaración, es un monólogo bizarro, en fascículos, donde repite su estructura mental a rajatabla. Con la misma mirada “tribunera” y de populismo barato. Con la misma soberbia patriota y militarista de una serie animada. Acompañada con tintes paranoides, como si alguien o “algo” atentara permanentemente contra la patria profunda americana, la cual hay que resguardar y proteger ante los insondables peligros de Corea del Norte, de América Latina, el marxismo, el islamismo revolucionario, etc.

Y vuelven a entrevistarlo.

Y vuelve a declarar, y a advertir de sus planes y maniobras.

Y vuelve a menospreciar la diplomacia, la ciencia, el equilibrio, escudándose en un sentido común enfermizo y distorsionado. Con sus muecas. Sus amenazas. Ampulosas, barrocas, peligrosas.

Y responde con la estructura mental de un niño, o de un completo ignorante.

Una estructura mental también utópica, casi mitológica, de “eras perdidas”, de paraísos bucólicos y nostálgicos. Se le pregunte lo que se le pregunte, sus respuestas recaen en una lógica binaria y elemental. Están los buenos y los malos. Como la elaborada por Bush, pero más banal y más ligera (lo que ya es mucho).

Si, están los buenos, blancos y occidentales, y obviamente los malos, orientales o marxistas. Y también están los héroes. Los que cuidan a los buenos. Y los buenos también son blancos, de buena familia, cristiana, bandera en mano, contra la sinarquía extranjerizante, oscura, hispanohablante, abortiva, maleducada y ociosa. Los malos conspiran junto con los libros satánicos de la Escuela de Frankfurt, con el socialismo vernáculo agazapado, con el Black Power, el feminismo, esperando el golpe al sueño americano.

Y que se entienda bien: no pretendemos decir con esto que ese arquetipo responde a “lo que verdaderamente son” los estadounidenses. No. Todo lo contrario. El representa el modelo de lo más arcaico. El muestra lo peor de ese mundo, y justamente, no permite que se identifique en esas acciones y declaraciones toda la otra riqueza de los EE.UU. Porque es un país cultural y socialmente rico, sumamente abierto y heterogéneo, con matices, poroso, profundo, de contrastes,  creativo y complejo, que hoy se ve liderado y representado por la torpeza de un payaso.

5.- Este es el Plan para esta noche…

La serie “Pinky y Cerebro” era memorable. Y muy conspirativa. Tan conspirativa como la otra gran serie de los noventa: “Expedientes X”. Y al igual que la serie de Mulder y Scully, había una conspiración dentro de la conspiración. Hay dos capítulos que llevan la conspiración al paroxismo: en uno de ellos, muy oscuro, Cerebro debe adentrarse en una logia iniciática (al estilo del grupo Bilderbeg), donde se “cranea” la política internacional entre los grandes líderes mundiales, como también lo hizo Francis Underwood en la última temporada de “House of Cards” (2017).

En otro capítulo, Cerebro cobra notoriedad pública, y se descubre su plan de apoderarse del Mundo. Para contra-restar esa mala fama, no tiene mejor idea que inventar una conspiración de la que él es víctima, haciéndole creer al mundo que una poderosa red no quiere que el dé a conocer los planes secretos del gobierno. Ataca su imagen paranoide, creando una conspiración… Genial.

En el caso de Trump, cuando los medios masivos comenzaron a exponer la visión maniquea y persecutoria que estaba en su cabeza, contestó magistralmente “denunciando” la conspiración que los medios llevaban en su contra, medios que habían “falseando los significados de sus palabras”, cubriendo de manera tendenciosa cada acto de campaña…  El no dijo lo que dijo. Los medios le hacen creer a la gente que lo dijo.

Los discursos de Trump son un soliloquio al estilo Cerebro. Pero su mayor despliegue lo hace cuando lo entrevistan. El periodista sabe todo lo que activará la pregunta que va a hacer. No importa si le preguntan sobre la polución industrial, o el índice de desocupación en California. La respuesta es siempre la misma: “acabaremos con ellos”.

En la lógica violenta de Trump, la respuesta siempre debe tener un aleccionamiento como moraleja. En cada respuesta hay un golpe. Un golpe rencoroso y traumado, una suerte del “que se vayan todos” pero al estilo norteamericano. Es una auténtica anti-política, que propone la demagógica consigna de la grandeza (“make America great again”), despreciando el multilateralismo, y sólo dialogando con aquellos países que “merezcan” ser considerados por los EE.UU. 

En eso rememora lo peor del reaganismo, quien postulaba el “America is Back”, simbolizando el regreso al pináculo del asenso mundial, pero imponiendo la política exterior americana con un ardor propio de una guerra inter-galáctica. Es el gran Campeón recuperando el título, el cinturón que no debió haber perdido.

Rocky vuelve, una y otra vez. Y cuando creemos que ya está muy anciano, nuevamente, recupera la primera escena del ring. Una batalla más. Un grito más de rabia.

Y vuelve más paranoico que nunca. Todos están en su contra. Luigi Zoja, en su célebre estudio “Paranoia. La locura que hace la historia”, nos dice que el paranoico construye una teoría del complot porque de esta manera parece encontrarle un sentido a su sufrimiento, y entretanto “compensa algunas debilidades de fondo” (Zoja,2011;33). Como anillo al dedo.

Para Trump, América se pondrá de pié “nuevamente”. Recuperará el rol hegemónico que los agentes del caos le quitaron, y se re-establecerá el “modo de vida” americano en todas sus dimensiones. Pero para ello hay un paso previo: derrotar a los motores de la crisis, aplastar a los agentes de la derrota, para liberar el terreno hacia la recuperación final y definitiva. Si es necesario poseer una independencia energética, y para ello hay que aumentar la producción de combustibles fósiles, entonces los acuerdos ambientales son una traba, un efecto retardatario para el desarrollo, y por lo tanto la idea de “cambio climático” es un mito del fundamentalismo ecológico anti-americano. El clima no nos quiere. Están contra nosotros… Acabaremos con ellos.

Si hay desempleo, es porque el inmigrante mexicano le quita el empoderamiento al americano medio. Ergo, saquemos a los hispanos y construyamos un muro bien grande para que no pasen los malos, en una de las fronteras binacionales más grandes del mundo (más de 3.000 km de largo), y además, que la paguen de sus propios bolsillos los que quedan del otro lado. No podrán con nosotros….

Si esto hubiese aparecido en un capítulo de Pinky y Cerebro, no desentonaría con los planes del paranoide ratoncito. Pero no. Lo dice y lo repite desde hace un año Donald Trump.

6.- El hombre orquesta.

Entre las muchas continuidades con otras presidencias republicanas, Trump sigue desdeñando del rol del multilaterialismo, viéndolo como otra fuerza más retardataria de su voluntad política. Esto no significa que las políticas hegemónicas y unilaterales son fuerzas gravitatorias hacia donde convergen inexorablemente los destinos del horizonte político norteamericano. Sino que son parte de una vocación política, y de una planificación, aunque la fundamentación de la misma responda a consideraciones que se nos aparezcan como inverosímiles. Recordemos las claras palabras de Bernard Cassen (2007):

“El militarismo y el imperialismo contemporáneos no son las resultantes mecánicas y necesarias de fuerzas históricas ciegas, sino la expresión de voluntades y prácticas políticas…”

Debemos tener en cuenta que todo lo que podemos decir de Trump, no implica que es el producto final de un proceso institucionalizado. Al contrario, sus ideas, discursos, declaraciones, decisiones, con toda la influencia que pueden tener sobre el recorrido institucional (además del impacto mediático), deben ejecutarse luego por intermedio de la “institución presidencial”, la cual, quizás por suerte en este caso, filtran muchas de sus elucubraciones. Me refiero a que no estamos ante una presidencia de los tiempos de Franklin Roosevelt, que como la analizara Richard Neustadt (1960) en una obra muy importante, implicaba una clásica “presidencia personal”, donde el mandatario estaba en todos los detalles dejando su impronta, donde era el que persuadía y negociaba, y donde todo dependía de su autosuficiencia.

La presidencia norteamericana se ha transformado en un gran complejo altamente institucionalizado, la cual consiste en “cientos de individuos con diversos roles y cargos que completan una red organizativa altamente diferenciada” (Alessandro-Gilio,2013;16-18). Claramente nos dicen los autores citados:

“El presidente moderno no decide cómo será su programa legislativo o su proyecto de presupuesto. De hecho, quienes toman la mayoría de las decisiones son los asesores y especialistas de la Casa Blanca, de la Oficina de Gestión y Presupuesto, (…) y de otros lugares. Asimismo, para lograr que el Congreso apruebe sus iniciativas, el presidente no hace lobby en persona; para ellos cuenta con su gente en la oficina de la Casa Blanca que lleva las relaciones con el Congreso. Tampoco tiene mucho que ver con las designaciones, que están a cargo de un área especializada en recursos humanos” (Alessandro-Gilio,2013;18).

Por otro lado, así como citamos el entramado sistema institucional (de alguna forma como de contrapeso interno del propio ejecutivo, además de los poderes clásicos de la República), donde la acción que prima es la persuasión, hay que recordar también que los presidentes  norteamericanos poseen canales de “acción unilateral” para actuar en diversos escenarios políticos, que están dados institucionalmente como poderes desde el inicio de los mandatos, y que las últimas presidencias (Bush y Clinton sobre todo) dan cuenta de su permanente uso. William Howell, estudiando la actualización necesaria de las hipótesis del citado Neustadt, observaba que:

“La Casablanca es en sí misma un centro vital de actividad donde las políticas no sólo son concebidas, sino también aprobadas. Precisamente porque el presidente puede actual de manera unilateral (…) las directivas unilaterales conservan fuerza de ley hasta tanto y a menos que otro poder las revoque.” (Howell,2013;332)

7.- El viejo truco del árbol tapando el bosque.

El ex Presidente del Washington College, Douglas Cater, en una obra clásica del estudio de la política doméstica norteamericana (“Power in Washington”, 1964) decía que el desorden de las instituciones de gobierno en los EE.UU. favorecía a los expertos en los usos del poder, tendiendo a acentuar el papel de “los tácticos”, es decir, los “operadores avezados al maniobrar lo cotidiano, a organizar coaliciones efímeras y a lograr objetivos inmediatos,” debilitando la mirada a largo plazo, lo que implica ver la realidad de manera sesgada, demasiado de cerca, y en partes.

Cuando nos inducen a segmentarlo que miramos, y a observar parcialmente cada sección de un cuadro, nos obligan a cierta miopía de análisis. Ya lo planteaba Nietszche hace 140 años, cuando miraba la “especialización” de las instituciones de enseñanza en Alemania, lo que impedía ver el cuadro completo. Pues bien, Trump nos obliga con su parafarnaria a no ver el cuadro integralmente. Toma decisiones diarias que se difunden en los medios, y las acompaña con declaraciones que se viralizan por las redes, que nos llevan a concentrarnos en los gestos, los modos, como también lo cotidiano, lo táctico, y no en el gran ciclo. No deja ver hacia dónde nos lleva. No miramos el proyecto estratégico. Miramos la crónica, sin encontrarle un sentido al proceso. Estamos anclados en la coyuntura.

Combina su diatriba con lo más sólido de la rutina xenófoba. Se burla de los discapacitados, expresa una misoginia inédita en la Casablanca, llama violadores a los mexicanos, e insulta a los periodistas. Luego presenta un proyecto de ley para prohibir que los inmigrantes reciban asistencia social por al menos cinco años. Todo esto, siempre repitiendo que él no es un político, que es otra cosa. Que viene desde “otro lugar”.

Al mismo tiempo declara provocativamente el reconocimiento de Jerusalem como capital del estado de Israel, ocasionando casi una nueva intifada, e impulsa el retiro de su país del Acuerdo de París, el cual obligaba a los países a reducir las emisiones de gases de invernadero para contener el calentamiento global.

Esta última decisión, para Stephen Hawking sería de un efecto absolutamente irreversible, llevando a nuestro mundo a las condiciones planetarias como las de Venus, con temperaturas de “250 grados y lluvias de ácido sulfúrico”. El científico de renombre mundial, a partir de este tipo de indicadores del rumbo que toma la política global, piensa que la evolución pudo haber “incrustado la avaricia y la agresión en el genoma humano”, lo único que podría explicar decisiones como las recién citadas. [1]

Al mismo tiempo se aprueba el presupuesto militar de los EE.UU. para el próximo año, llegando a los (prepárese lector, no es fácil de entender la cifra) 700.000 u$s millones de dólares para el año 2018. Algo así como 11.900.000.000.000$ de pesos argentinos. Solamente en gastos de defensa anti-aérea, es un aumento de un 25%, mientras que en las operaciones de paz de las Naciones Unidas se busca la reducción presupuestaria.

Cuando la presión social y las demandas son a partir de la falta de empleo, la pérdida del poder adquisitivo, la violencia urbana, los problemas estructurales, la salud, la educación y los problemas ambientales, la interpelación de la gente no se hace esperar. Pero para eso, ya sabemos cuál será la respuesta del Presidente: “intentaremos conquistar el mundo!!!”.

8.- Tratado de imbecilología.

Aaron James (2016), Doctor en Filosofía por la Universidad de Harvard, publicó un interesante ensayo “sobre la imbecilidad” a partir de un intento por descubrir la tipología de imbécil a la que pertenece Donald Trump. Es decir, no para corroborar si se trata de un imbécil o no, eso ya es parte del supuesto de trabajo del libro, ya todos lo sabemos, sino para descubrir en que categoría del mismo debe encuadrarse.

Uno de los rasgos que más destaca James, es que a diferencia del “estúpido”, que cuando realiza un acto de su calibre podría llegar a disculparse, el “imbécil”, por el contrario, tiene como “rasgo continuo” esa desconsideración hacia los demás, sin disculparse ni ver nada malo en esa acción. Es como un estúpido, pero orgulloso de serlo. Es un rasgo estable de su personalidad el atropello, ya que “actúa impulsado por la firme convicción de ser especial y no estar sujeto” a las normas de la conducta comunes a todos los demás. Al situarse a sí mismo al margen, se siente cómodo incumpliendo con las convenciones aceptadas socialmente. Eso es un imbécil.

Lo interesante es que para el filósofo, a diferencia de los grandes imbéciles de la Historia Universal (desde Napoleón a Dick Cheney) que al menos han tenido un sentido sólido de grandeza moral, el caso de Trump presenta “un estilo de imbecilidad más novedoso”, no sólo porque carece de ese sentido, sino porque también es una combinación de imbécil con payaso, ya que “busca la atención y el entretenimiento de un auditorio sin llegar a comprender del todo la imagen que tiene de él su público” (James,2016;14-15). 

Aunque parezca algo alejado del tema que nos ocupa, la percepción de Stephen Hawking sobre el hombre como un ser avaro y violento, es la misma que tenían los padres fundadores de la República Norteamericana. Uno de los más importantes estudiosos del pensamiento político norteamericano en el siglo XX, Richard Hofstadter (1973;33), sostiene que los hombres que redactaron la Constitución de Filadelfia, creían como Hobbes que los seres humanos son egoístas y pendencieros, y como hombres de negocios que eran, “habiendo visto la naturaleza humana exhibida en el Mercado, en el tribunal, la cámara legislativa (…) sentían que la conocían en toda su fragilidad”. Por eso, no creían en el hombre, pero sí en el poder de las instituciones y una “buena Constitución” para controlarlo.

Es paradójico que el Colegio Electoral, que fuera ideado para que “no caiga” el poder ejecutivo en un hombre que no estuviera dotado de la moral y el intelecto necesario para el cargo  -tal como fuera pensado por Hamilton en El Federalista-  es el mismo que le dio la presidencia a Donald Trump, aún con casi tres millones de votos menos que su competidora.

Se quiso evitar la voluntad emotiva del Pueblo, con un recurso institucional que terminó otorgándole el poder a quien supo activar lo más irracional de ese Pueblo.

Se quiso hacer más selectiva la elección, y se le dio el Salón Oval a una categoría especial de imbécil.

9.- ¿La verdad nos hará libres?

Todas las decisiones políticas tomadas por Trump que comentamos más arriba, van acompañadas de declaraciones violentas, y también de mentiras descaradas. Según un estudio del The Washington Post, DonaldTrump dice un promedio de casi 5 mentiras al día en los medios americanos. En los primeros seis meses de gobierno dijo casi 840 mentiras, las cuales empezaron el primer día de su gestión.

El diario El País de España, para demostrar que las mentiras no discriminan temas ni contextos, cita el caso de la primera gran falacia, y fue nada menos que de la cifra de asistentes a la ceremonia de inauguración presidencial, para la cual, según Sean Spicer el portavoz de Trump, había sido la “más alta asistencia de la historia”, a pesar de la polémica instalada en los medios negándolo.

Un elemento es clave para observar el nivel de falta a la verdad del ejecutivo norteamericano. Recientemente ante los tristes episodios de enfrentamientos entre supremacistas blancos y grupos de izquierda, el líder del absurdo Ku Klux Klan, David Duke, le agradeció a Trump por “decir la verdad” y por “su coraje” sobre los episodios violentos de Charlottesville. Si el cavernario y demencial KKK te felicita, no creo que estemos haciendo una política integradora e inclusiva, eso es claro.

No contento con este apoyo, Trump se lamentó públicamente por la remoción de estatuas de líderes confederados, diciendo que se sentía triste por la “destrucción de la historia y de la cultura” norteamericana que se estaba llevando adelante (recordemos que esa remoción masiva se da a partir de las protestas de los supremacistas blancos que quisieron proteger una estatua del Gral. Robert Lee en Virginia).

Esas declaraciones las coronó criticando duramente a los deportistas (de todas las disciplinas) que se arrodillan durante el himno nacional, protestando contra las políticas hacia los afro-descendientes. De más está decir que fue como echar combustible al incendio. Se diseminaron las protestas y se propagó en los medios, con mayor ferocidad y violencia.

Obviamente este tipo de disparates sistemáticos no pasan desapercibidos al interior de la política americana, ni en el mundo. En estos momentos, hasta un ex Secretario de Estado considera que el Presidente es un sociópata, y que habría que evaluar la posibilidad de “removerlo” al constatarse que está “perdiendo la cabeza”.[2]

En una de las declaraciones más resonantes, el jefe de derechos Humanos de la ONU, Zeid Ra-ad Al Hussein consideró que la propia libertad de prensa se ve diezmada por el accionar de Trump. Pero no sólo eso.El Alto Comisionado declaró que ocurre algo aún más grave, y es que con este tipo de declaraciones y diatribas del Presidente, se incita a la violencia contra los periodistas, difundiendo “el miedo”, y como correlato, la autocensura por parte de los mismos periodistas.

El discurso de Trump es hueco, obvio, pero además violento. Pero sigue teniendo efectos simplemente porque estamos en una sociedad que compra violencia y banalidad. La sociedad de alguna manera espera eso, y el show de turno es lo que ofrece. Hay una adicción a lo violento, en cualquiera de sus formas.

Aaron James a quien citáramos anteriormente, nos dice que Trump es un fenómeno nuevo que encaja perfectamente en nuestra era del entretenimiento, y de gran confusión “respecto de lo que tiene de virtual la realidad”. Por eso para James no existe un Trump real. (James,2016;51). ¿Trump estaría actuando? No necesariamente. Quizás logre evocar cosas en las que cree, pero las sobredimensiona, porque sabe el efecto que poseen. O quizás quienes lo rodean saben que eso es lo que puede ofrecer, y es lo que hoy se necesita. Es lo que pide la gente.

Por todo esto, es que debemos medir muy bien hasta donde llega la irracionalidad, y donde opera el cálculo.

De alguna manera la acción de Trump es como el recurso del que se declara demente ante un crimen. Como el clásico acusado de un hecho violento, que alega demencia para no ser juzgado como criminal. En todo este show misógino, fascista y cavernario hay un cálculo. Y quizás, no necesariamente el cálculo provenga del propio Trump, posiblemente se origine en el círculo que lo acompaña (porque siempre hay un círculo).

Norman Mailer lo dijo ya hace varias décadas: “en la raíz del conservadurismo patriótico no hay locura, sino una lógica oculta”. Como la llama Laurent (2005), es una “cultura de guerra” que está impregnada en un sector ultra-conservador, que está dispuesto a entrar en guerra contra “el otro” Estado Unidos, el que está corroído por las ideas decadentes del feminismo, la homosexualidad, el erotismo, etc.

Por eso las expectativas de cierto sector social, que ya existen desde los años setenta, de adentrarse en un conflicto bélico que regenere la moral americana, y corrija el camino perdido de la República Bíblica.

En toda decisión política alguien se favorece, y alguien se perjudica. Por eso la irracionalidad, así como la supuesta espontaneidad, sean quizás una manera de esconder intereses y mediciones, proyectos y miradas a largo plazo.

Es como si a partir de ahora, cada vez que veamos pasado de copas al tío Balvanera, haciendo sus bizarreadas y boberías, y sobre todo diciendo muchas estupideces, deberíamos preguntarnos si el alcohol que tomó no es en realidad jugo de manzana, y nos hace creer que “no está en sus cabales”, cuando en realidad, nos está midiendo y operando, bajo la máscara de la irracional borrachera, al grito de “conquistaremos el Mundo!”.

Pero sonriendo por dentro.

Disfrutando de su acto.

Gozando del odio que nos despierta.

 

 

Bibliografía.

-Alessandro-Gilio (2013). La dinámica del Poder Ejecutivo en América. Estudios comparados sobre la institución presidencial. INAP. Bs As.

-James, Aaron (2016).Trump. Ensayo sobre la imbecilidad. Malpaso. México.

-Ana María Ezcurra (2013), La era Obama. Estrategia de Seguridad y Política Exterior.EDUNTREF. Bs As.

-Weisberg, Jacob (2008). La tragedia Bush. Random House. Barcelona.

-Anderson, Perry (2013). Imperium etConsilium. Akal. Madrid.

-Douglas Cater (1964), Power in Washington. RandomHouse.

-Laurent, Eric (2005). El Mundo Secreto de Busch. Ediciones B. Bs As.

-AA.VV; (2005). El libro Bobo de Bush”. Página 12. Bs As.

 

[1] “No se ve que los conflictos vayan reduciéndose y el desarrollo de tecnologías militares y armas de destrucción masiva puede llevar al desastre”. BBC, Mudo Ciencia. 3 de julio de 2017 (http://www.bbc.com/mundo/noticias-40480975)

[2]Moffat, Stephanie (2017): Robert Reich: Time To Consider Removing Trump From Office. Progressive Post Daily. Daily source for the new stories that matter. Jun.7,2017. 


Fuente: Pensar al Sur