02 de noviembre de 2017

PENSAR AMÉRICA: LA HERENCIA DE SIMÓN RODRÍGUEZ

En la América del Sur las repúblicas están establecidas, pero no fundadas”  Simón Rodríguez.

Rodríguez era un pensador urgente. Entendía que había que debatir “cosas” lo antes posible. En la introducción a su trabajo “Sociedades Americanas”, dice claramente: “El estado actual de la América pide serias reflexiones… para consultarse sobre el importante negocio de su libertad”.

Las ideas de Simón Rodríguez fueron tan peligrosas para su tiempo, que gran parte de su vida fue atacado y perseguido, exiliado y negado. Vivió en la pobreza y el menosprecio, la persecución y la negación. Renuncio a honores y cargos. En vida casi nadie lo escuchó.


 Por  Fabián Lavallen Ranea.

La incomodidad de Simón Rodríguez.  Pedagogía política, identidad y pensamiento propio

Ensayar sobre América Latina.

Entre muchas características que compartimos al nivel de las ideas en nuestra Patria Grande, una muy  importante y destacada es el hecho que se evidencia una búsqueda permanente -a lo largo de toda nuestra historia- de definir la  identidad del ser latinoamericano.

Hay un cuestionamiento sistemático sobe el lugar donde nos anclamos, y desde donde nos definimos identitariamente. El resultado de esas preguntas es un pendular entre identificaciones continentales y regionales. El pensamiento y los marcos referenciales se mueven entre esos anclajes, de lo local y lo  continental, desde los inicios de nuestra historia independiente.

En los años de Revolución y Crisis, un hombre era referenciado desde su “patria chica”, es decir desde lo local  (santafecino, cuzqueño, limeño) y luego desde la “Patria Grande” (“Americano”). Aún no estaban consolidadas las identidades intermedias de los estados-nación  (Argentina, Uruguay, etc). Para que eso se consolide, los nuevos estados, tal como lo han trabajado Carlos Escudé y Andrés Cisneros, deberá  destruirse primero la “protonacionalidad hispanoamericana”. (1)

Asimismo, la región comparte también el ensayo como soporte principal para poner en debate las ideas políticas y culturales. Hay una “predilección” por el ensayo, un enamoramiento del mismo, sobre lo cual se ha preguntado hace ya medio siglo Germán Arciniegas, observando  que desde la colonia -con el Inca  Garcilazo de la Vega (2)  (el “hombre ensayo”) y sus “Comentarios Reales” que tanto impresionaran a San Martín- hasta la actualidad, “gana” el ensayo sobre cualquier otro género literario. (3)

 Y si hay un espacio de las corrientes e ideas elaboradas en Europa hacia nuestra región, debe introducirse también la lógica tensión con los primeros planteos de “creatividad” para nuestras formas de conciencia, de aquellos pensadores que planteaban ser cautelosos con la “copia literal” de los bosquejos del pensamiento y los modelos políticos.

Estamos hablando de casos concretos, como el titánico Simón Rodríguez que nos ocupa, quien más advirtió desde muy temprano –incluso desde antes de la Revolución- sobre la necesidad de cierta singularidad del aprendizaje regional, sin renegar de las tradiciones políticas y culturales del Viejo Mundo, sino que poniendo en primer plano la creatividad de nuestras sociedades, antes que el imitar de lo europeo.
 

Un Robinson en América.

Rodríguez era un pensador urgente. Entendía que había que debatir “cosas” lo antes posible. En la introducción a su trabajo “Sociedades Americanas”, dice claramente: “El estado actual de la América pide serias reflexiones… Aprovechen los Americanos de la Libertad de Imprenta que se han dado, para consultarse sobre el importante negocio de su libertad”.

Las ideas de Simón Rodríguez fueron tan peligrosas para su tiempo, que gran parte de su vida fue atacado y perseguido, exiliado y negado. Es conocido el seudónimo que debe adquirir cuando de aleja de su Caracas natal: “Samuel Robinson”.

Desde muy temprano hizo esos “planteos peligrosos”; como cuando expresaba que debía organizarse un sistema de educación para las mujeres, los indígenas y los niños, sin distinción de orígen, y con la misión de otorgarles “herramientas” para empoderarlos por intermedio de saberes prácticos. Recordemos que plantea esto aún en tiempos de la Colonia, cuando no sólo no existía “la infancia” en los términos actuales,  sino cuando las mujeres aún no estaban contempladas en los sistemas educativos, como ocurrirá recién un siglo más tarde.

Sus ideas reformistas, o más bien  revolucionarias, no sólo no encontraron eco en la colonia, sino que también fueron resistidas en gran parte de la América Independiente varias décadas más tarde. Por eso decimos que “incomodaba”. No era fácil para los poderes políticos en formación soportar un repiqueteo de reclamo de libertades tan amplias como las propuestas por “Robinson”.

Rodríguez criticó permanentemente el carácter imitativo, observando que las ideas no debían importarse integralmente de Europa. Elaboró unos planteos y unas provocadoras preguntas a la sociedad de comienzos del siglo XIX, que movilizaban al activo político que se está constituyendo en la región, nutriendo de una ambiciosa pedagogía latinoamericana en génesis.

Como nos dice la pedagoga Carla Wainsztok, estudiosa de su obra, aparece en Rodríguez un pensamiento relacional, formativo de ciudadanos desde el Sur hacia la humanidad, declarando como esencial la vinculación de la pedagogía con el trabajo, “construyendo una autonomía no declamada, sino productiva”.(5)

La clara provocación rodrigueana es peligrosa e incómoda. Pero es estimulante. Por eso quizás tuvo que deambular por tantos lugares sin un poder político que lo soporte. No sólo era inquieto. También inquietaba.

La movilidad de su cuerpo era proporcional a la movilidad de su conciencia, y el derrotero de su vida es testimonio de la molestia política que causaba. Hizo todas las preguntas juntas. Y aún peor. Esbozo respuestas.
 

Una vida errante y potente.

La vida de Rodríguez está  estructurada en tres procesos claramente diferenciados, como lo ha analizado hace muchos años el notable Arturo Uslar Pietri.

En primer lugar, la vida en Caracas desde su nacimiento en 1771 hasta 1797, unos veintiséis años. Desde esa fecha comienza su segundo ciclo, ahora “Europeo”, hasta 1823 (también de veintiséis años). En 1823 regresa a América, comenzando su tercera y última etapa -la más rica- hasta 1854, cuando fallece a los ochenta y cuatro años.

En cada una de esas etapas, se suceden tres encuentros vitales con el Libertador Simón Bolívar:

1.- En la primera etapa cuando conoce al pequeño Bolívar como un niño, al ser su maestro de escuela, y por quien se siente notablemente impresionado.

2.- El segundo momento es en Europa, a comienzos de siglo, con un Bolívar ya maduro, pocos años antes de comenzar la heroica campaña libertadora, y etapa donde hacen un famoso juramento al pie del Monte Sacro, en Roma, donde se comprometen a luchar por la independencia y libertad de América.

3.- El tercer y definitivo encuentro es al volver a América, dos décadas más tarde, cuando Bolívar ya es el titánico Bolívar, y al enterarse que “su maestro” ha vuelto al continente, lo manda llamar a su lado, en la famosa carta de “Bolivar a su Maestro”, donde le dice que no ha olvidado el juramento, y que lo necesita para la “gran tarea” educativa.

Para Bolívar seguía siendo su Maestro. Era para él, “el Sócrates” de Caracas, un verdadero sabio, filósofo total, un patriota, al cual amaba con devoción y admiración. Sabiendo que Rodriguez tenía en claro las herramientas productivas que los jóvenes de América necesitaban, Bolívar lo nombra Director de Enseñanza Pública, y Director General de Minas y Agricultura, para que el Maestro pueda poner a prueba sus ideas de “autonomía productiva” (explosivo concepto), para que pudiera planificar la Educación Popular que tanto le quitaba el sueño.

Pero lamentablemente el maravilloso proyecto quedó a mitad de camino. Por un lado porque la sociedad de aquel tiempo no estaba  preparada para tamañas ideas y tan profundos cambios, y por otro, por esa fatalidad que a veces abraza a los más notables.

A partir de la temprana muerte de Bolívar, en 1830, Rodríguez comenzará su última etapa, errante,casi nómada, de pesares y dolores, un proceso de “agonía y sobrevivencia”, en la miseria, y el olvido. Donde a pesar de la lucha solitaria que realiza, se encarga de defender el buen nombre de su ilustre discípulo, escribiendo uno de sus más grandes trabajos, la notable apología bolivariana “Defensa de Bolívar”.

En dicho libro, obra pionera  de la semiología en América, toma concepto por concepto todo lo que se está diciendo del prócer americano en esos años oscuros, y demuestra porque no puede aplicarse a la vida del Libertador tales calumnias. Para ello, analiza pormenorizadamente la conducta y las intenciones de Bolívar, su idea del poder político, las razones que inspiraban sus grandes decisiones, la geopolítica, sus virtudes y defectos.

Dando muestras de fundamentos mesurados pero contundentes, explica que todas las expresiones exageradas que se emiten sobre Bolívar “no prueban razón alguna”, ya que el lenguaje de la justicia es moderado y serio. Como lo fue su vida, como lo fueron sus propios actos.

Luego viaja a Chile, y posteriormente a Ecuador, donde elabora planes de Educación Científica, proyectos educativos, y escribe ensayos y artículos, pensando las diversidades, las identidades, la educación bilingüe, las escuelas - taller, los oficios por regiones, la Historia Natural, la política económica, las culturas andinas.

Con esos aportes, su obra es no sólo anticipatoria, es casi “clarividente”,como llega a valorarla Uslar Pietri. Finalmente termina sus días en Perú, rodeado de miseria, y siendo sólo “un maestro de escuela”.

El valor de la Educación en el pensamiento de Simón Rodríguez.

Para Rodríguez la educación era la gran vía para transformar las sociedades. Ante cada experiencia que tenía en algún lugar alejado de América (Venezuela, Bolivia, Perú, Ecuador, Chile), antes de retirarse a otra misión, escribía un ensayo o una memoria organizando metódicamente una serie de consejos para volver más eficiente la escuela.

Como nos dice Uslar Pietri: “Su idea muy simple era que la llave de todo progreso humano estaba en la educación y que la obra de la independencia americana no estaría completa hasta que una escuela nueva libertara a las generaciones futuras del peso de un pasado agobiante y las preparara para una vida de progreso y libertad”. (6)

Para Rodríguez la igualdad no era un objetivo político hacia el cual debía orientarse el Gobierno. La igualdad debía ser la base y el inicio de un proceso, no el horizonte. La igualdad debía ser ejercida, no buscada. Y el máximo derecho de un hombre, en una República de iguales, es el de la educación, por eso negar la misma es un acto de inhumanidad.

En su famoso trabajo Sociedades Americanas (1828), coloca la educación en un lugar de urgencia, planteando que es “inhumano” el privar a un hombre de los conocimientos que necesita, transformando su existencia en precaria, y a su vida en miserable.

Con estas sentencias, queda en claro que obligaba a los gobiernos en formación -en la etapa de consolidación de los primeros protoestados- a poner el foco en la instrucción y la enseñanza,(7) auditando que no arrojen a sus pueblos en la ignorancia, puesto que sería peor que volver a la colonia.

En momentos donde las crisis (y la Revolución lo era auténticamente) hacen perder los marcos referenciales, Simón Rodríguez plantea situar una identidad anclada en la educación, la emancipación, y el sujeto “pueblo”.

Rodríguez es el típico pensador que no permite ser encasillado en ciclos convencionales o simples.

¿Porque? Muy simple.

Hemos aprendido que existen “Derechos del Hombre” de “primera generación”, que tenían como eje la libertad civil y política, para luego surgir los derechos de segunda generación, de índole social, cultural y económica, alrededor del eje del pueblo trabajador, luego los derechos de tercera generación, y así sucesivamente, en procesos de maduración política.

Pues bien, Rodríguez es de esos intelectuales y hombres de acción, que le demandaron integralmente al sistema político de su tiempo, todos los derechos de todas las generaciones al unísono, declamando la creación de un “sujeto político popular”, que por el hecho de habitar la República, tenga el pleno goce de todos los derechos. Repetimos: todos juntos, no dosificados, no por goteo o capítulos.

Por ello para Rodríguez la igualdad no es “un lugar” al que debemos llegar. Es el espacio “desde” el cual se inicia del proyecto político. Como dijimos, la igualdad se implementa, no se busca.

Esas son palabras muy graves para su tiempo, palabras incómodas, y muy riesgosas para la política y el poder en general: “escuela taller”, “autonomía”, “educación popular”, “hombres y mujeres”, “negros y blancos”, “emancipar”, “niños pobres”, “desarrollo”… Cada concepto que emanaba era una artillería del saber, pero también un nuevo ladrillo que lo emparedaba al olvido, la desmemoria, y la ocultación de la historia.

Se entiende porque es tan difícil encontrar sus obras, salvo contadas excepciones, y porque para Eduardo Galeano, Rodríguez constituía uno de los grandes “desaparecidos” de la historiografía oficial latinoamericana.

La política para él era la construcción de una República de auténticos ciudadanos, una “construcción pedagógica” donde la independencia se acompañe de libertad, y donde el que piense, proceda según su conciencia y no de ideas que le imponen.

Buscaba una República de ciudadanos creativos que inventen, que ensayen, que ensayen sobre todo textos, prueben distintas fórmulas (políticas, teóricas, económicas), pero no copien ni imiten.

Una República que colonice su tierra con sus propios ciudadanos, en colonias productivas, autóctonas y autónomas, que hablen en su idioma, en su propio lenguaje.

Publicó un escaso número de papeles de los incontables que escribió, y la mayoría se perdió o se esfumó en un incendio del siglo XIX.

Vivió en la pobreza y el menosprecio, la persecución y la negación. Renuncio a honores y cargos. En vida casi nadie lo escuchó.

Fue el Maestro de uno de los dos grandes Libertadores de Sudamérica.

 

1) Escudé, C. – Cisneros, A. (1998). Historia General de las Relaciones Exteriores Argentinas. Buenos Aires. Nuevo Hacer. Grupo Editor Latinoamericano. CARI – ISEN.

2)  Según Snajder y Roniger, el exilio gravitó tanto en el Inca Garcilazo, que podemos hablar de un destierro “espiritual” en este notable escritor. Ver: Snajder, M. – Roniger, L. (2013). La política del destierro y el exilio en América Latina. Buenos Aires. FCE. p.70.

3)  En 1962 se realizó un concurso de ensayos latinoamericanos, a partir del cual se seleccionaron los dos mejores (Carlos Alberto Floria y Salvador Cruz), que conjuntamente con el prólogo de Germán Arciniegas (“Nuestra América es un ensayo”), escritura que se difundió y masificó, ese fue el ensayo político, donde los términos de la identidad, el debate sobre el origen, los rasgos de la comunidad, estaban en presencia. José Luis Romero, uno de los más  importantes investigadores sobre las ideas en América Latina, observaba  que indagar de qué modo el sistema  de ideas elaborado en Europa “se proyectó” hacia América, requería un experimento de largo esfuerzo, dada la vastedad de las fuentes a examinarse. Pero como agravante, sostenía que como no existen “esquemas objetivos que permitan  aproximarse con seguridad a los fenómenos latinoamericanos considerados en su conjunto”, gravitan sobre ellos innumerables preconceptos tradicionales, y no pocas fórmulas retóricas que oscurecen su fisonomía. Pues bien, además de tenerse en cuenta esa “proyección” que se hizo se editaron como “Tres Ensayos sobre Nuestra América”. Biblioteca Cuadernos. París. El prólogo de Arciniegas se transformó en un texto icónico de las letras políticas del continente.

4)  Romero, J.L. (1967). Latinoamérica. Situaciones e ideología. Buenos Aires. Ed.Del Candil.p.7.

5) Wainsztok, C. (2015). “Simón Rodríguez y las pedagogías latinoamericanas”.

6)  Uslar Pietri, Arturo (1974). La otra América. Madrid. Alianza Editorial. p.182.

7) Simón Rodríguez, Sociedades Americanas (1828- 1842). Buenos Aires. Urbanita. p.14-15.

 


Fuente: Pensar al Sur