05 de septiembre de 2017

MACRISMO: ¿CAMBIO VERDADERO O SUSTITUCIÓN DE RELATO?


Por Lys Maegi de Pensar al Sur

Septiembre 2017

 

En noviembre de 2015, luego de haber ocupado el segundo lugar en la primera vuelta de las elecciones generales de octubre, la alianza Cambiemos ganaba el ballotage por un escaso margen de votos, 0.34% por encima de lo mínimo posible para una segunda vuelta.

Casi instantáneamente, ese estrecho margen de votos fue superado por un significativo incremento en la imagen positiva del Presidente electo. Aún entre muchos que no habían dado su voto al nuevo gobierno, las expectativas de un cambio eran tomadas con entusiasmo.

El estancamiento económico, la particular actitud institucional del último tiempo de la administración de Cristina Fernández y los imperdonables y obscenos hechos de corrupción, tornaron imperiosa la necesidad de que algo cambiase.

Esa necesidad, fue leída e interpretada correctamente por los responsables de campaña de Propuesta Republicana y bautizaron Cambiemos a la alianza ganadora. Una vez ganada la elección, los máximos dirigentes del PRO, se apresuraron a aclarar que el espacio Cambiemos constituía una alianza electoral y no de gobierno. Sutilmente indicaban que ni la UCR ni el ARI, sus principales socios y sin quienes el triunfo hubiera sido imposible, no debían aspirar a tener cargos de decisión en la nueva administración.

Por esa razón, es válido centrar este análisis en el PRO, que es quien pareciera ejercer una hegemonía con pocas fisuras en la adopción de políticas de gobierno. Con excepción, claro está, de la función de vigilancia ética y moral de la diputada Carrió.

Luego de casi dos años de gobierno y pasadas las expectativas del Cambio propuesto, las esperanzas en la calidad de ese Cambio se desvanecen poco a poco. Solo la contribución inocultable de los grandes medios de comunicación social, cuyo comportamiento se encuentra más allá de lo que el pudor profesional hubiera permitido hace unos años, logró que Cambiemos mantuviera, en las recientes PASO, las proporciones de adhesión de las elecciones generales del 2015 e inclusive lograra imponerse en distritos donde el PJ gobierna desde hace quizás demasiado tiempo.

Es una tarea difícil en la Argentina de hoy intentar efectuar un análisis aséptico de la idiosincrasia del PRO. No solo por el riesgo de ser encasillado en la margen opuesta de la grieta o brecha, sino porque entre quienes se dicen partidarios del Macrismo las motivaciones para serlo suelen ser muy diferentes y en algunos aspectos contrapuestas.

El monolítico discurso oficial que los candidatos y referentes de Cambiemos repitieron durante la campaña electoral establece que ellos son lo “nuevo”, el “futuro” y que votar al Kirchnerismo era volver al “pasado”, con todos los males que ello acarrea, sobre todo en lo que a corrupción respecta.

Si tenemos en cuenta los resultados de la elección, la estrategia electoral fue eficaz. Aunque calificar al Macrismo como algo “nuevo” en su concepción política no resiste un análisis objetivo hecho por fuera de la “grieta”.

Para ser sincero, opino que los dirigentes más antiguos del PRO, se ven a sí mismo y con cierta razón, como una derecha moderna y republicana. Sus referentes internacionales parecen ser Bill y Hillary Clinton, Barack Obama y Mariano Rajoy. Esa predilección fue explícitamente expuesta por el Presidente de la Nación en varias de sus actuaciones internacionales en las que los elogios y atenciones a los funcionarios extranjeros demostraron una afinidad ideológica o por lo menos una visión similar de la política.

Eso sí, se cuida muy bien de no tener en cuenta los hechos de corrupción de los que se sospecha es responsable el Presidente del Partido Popular español, que son por lo menos de importancia similar a los de los dirigentes del Frente para la Victoria.

Pero esos líderes mundiales no representan de ninguna manera  una corriente política nueva. En realidad, son los herederos del llamado “neoliberalismo progresista” que vio la luz en la década de los noventa del siglo pasado. Bill Clinton en los Estados Unidos, Tony Blair en Gran Bretaña y José María Aznar en España fueron los exponentes más conocidos de esa corriente que comenzó a agonizar con la crisis económica del 2008 y que según la filósofa estadounidense Nancy Fraser dejó de existir con el Brexit británico y la elección de Donald Trump en los Estados Unidos.

Fraser califica la elección de Trump como una más de la serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en su conjunto apuntan al colapso de la hegemonía neoliberal.

Entre esas insubordinaciones, podemos mencionar por ser las más notorias, el Brexit en el Reino Unido, la campaña para la nominación demócrata de Bernie Sanders en los Estados Unidos, el rechazo a las reformas de Renzi en Italia y los apoyos crecientes a Podemos en España y al Frente Nacional y la Izquierda Insumisa en Francia.

Aunque difieran en su ideología y objetivos, esos “motines” electorales comparten un blanco común, rechazan la globalización de las grandes empresas, el neoliberalismo y el establishment político que lo ha promovido. En todos los casos los votantes se opusieron a lo que pareciera ser la combinación letal de austeridad, libre comercio fundamentalista, deuda predatoria, trabajo precario y mal pago, características que definen al capitalismo financiarizado.

Si existiera un ciudadano argentino que pudiese y quisiese analizar al partido gobernante por fuera de esa “grieta” que tanto criticara hasta el 2015, pero que no solo evitó cerrarla, sino que se encargó de cimentarla aún más en estos veintiún meses de gobierno, encontraría fuertes similitudes entre el discurso del PRO y esa forma de capitalismo cuya crisis estructural casi logra la fusión del orden financiero global en el 2008.

La realidad nacional e internacional actual acarrea un peligro para ese perfil de capitalismo progresista, republicano y tolerante con que se identificaba el PRO mientras gobernaba la Ciudad Autónoma.

Así como Cervantes planteó, a lo largo del Ingenioso Hidalgo de la Mancha una “quijotización” de Sancho y una “sanchización” del Quijote, el PRO evidencia, a lo largo de su tiempo en el gobierno una “kirchnerización” de su comportamiento al adoptar las peores y más criticables prácticas políticas de un sistema que denostaba. El Macristinismo, en palabras de Ernesto Tenembaum en Infobae.

La esperanza de un cambio que fortaleciera el respeto a las instituciones y a la tolerancia intrínseca de la convivencia democrática se vio de inmediato alertada con luces amarillas sobre la conducta de un gobierno que pretendió designar jueces de la Suprema Corte con un mecanismo de opinable legalidad y nulo espíritu republicano. Embajadores que ocuparon sus cargos sin los requisitos de acuerdo exigidos por las normas vigentes. Leyes vetadas y Congreso esquivado por gran cantidad de Decretos de Necesidad y Urgencia.

En las redes sociales, aquellos que se dicen partidarios de Cambiemos utilizan un vocabulario tan agresivo como sus contrapartes del kirchnerismo fanático y ligeramente peor al empleado por algunos integrantes del gobierno cuando se refieren a algún espacio político que osase cuestionar alguna de las acciones o inacciones gubernamentales. Vale como ejemplo la calificación de “persona menos confiable de la política argentina” que el Jefe de Gabinete de Ministros hiciera sobre el líder del Frente Renovador, cuando este tuvo la idea de presentar una iniciativa parlamentaria sobre la modificación del impuesto a las ganancias. Iniciativa que no hacía otra cosa que plasmar una promesa de campaña de Cambiemos.

La ley sobre el blanqueo de capitales, cuyo texto fue consensuado en el Congreso con otros espacios políticos fue modificada por un DNU para permitir que el beneficio alcance a familiares de funcionarios. El intento de un sospechado acuerdo sobre una deuda del Correo Argentino que beneficiaba a empresas de la familia presidencial fue neutralizado a último momento y nunca fue debidamente aclarado el mundialmente conocido caso de los Panamá Papers. Eso no habla muy bien de un cambio en la calidad del espíritu republicano de los actuales gobernantes.

Tener una justicia independiente era otra de las aspiraciones lógicas de la sociedad. Pero el mismo Presidente de la Nación dijo públicamente y sin ninguna muestra de vergüenza que los jueces identificados con el gobierno anterior deberían renunciar para poder “nombrar jueces que nos representen”. ¿Que nos representen a quiénes?

Cuando las mismas actitudes criticables de gobiernos anteriores se encuentran en la caja de herramientas políticas del Macrismo, y son utilizadas desvergonzadamente a voluntad, la esperanza de un cambio superador se va desvaneciendo.

En este punto, una duda lógica para los ciudadanos argentinos, es si la actual administración retomará sus características republicanas que hará que sus adversarios difieran en conceptos sociales o económicos pero siempre dentro de las fronteras de una pluralidad democrática o, ante el triunfalismo casi pueril de un éxito electoral, cederá ante las expectativas de sus votantes partidarios de una derecha extrema y tradicional, negacionista, reaccionaria e intolerante ante cualquier matiz de un pensamiento distinto.

Para ponerlo en términos de ejemplos internacionales, seguirá el ejemplo francés con Macron y el Movimiento En Marche o girará hacia Trump y lo que comienza a llamarse Alt-Right, poniendo en duda conceptos con fuertes raíces en la democracia argentina como las políticas de derechos humanos, el espíritu de acogida a extranjeros, el respeto a la diversidad, la tolerancia y políticas sociales de inclusión para los sectores populares.

Eso, solo el tiempo lo dirá.


Fuente: Pensar al Sur