02 de junio de 2017

ODEBRECHT¿CASO TESTIGO DEL FIN DE LAS TRANSNACIONALES LATINOAMERICANAS?


Entrevista a Juan Valerdi (Pensar al Sur) 

Diario UNO - Lima- 28/517

Francisco Pérez García

 

No son “paraísos fiscales”, son guaridas, afirma investigador argentino Juan Valerdi, quien  visitó Lima.

El caso “Lava Jato” nos ha puesto frente a diversos términos que muy pocos usaban. Uno de ellos es el de “paraísos fiscales”, países que no mantienen regulaciones exhaustivas para el manejo de capitales y que están libres del pago de impuestos. Sin embargo, hay que empezar a llamar las cosas por su nombre: en vez de “paraísos” debemos hablar de “guaridas fiscales”, refugios donde los empresarios y algunos lavadores de dinero buscan “proteger” sus recursos de la mira de las autoridades locales.

Juan Valerdi, es un economista argentino, profesor de Macroeconomía de la Universidad de La Plata y es un investigador especialista en guaridas fiscales, integrante de la Red de Justicia Fiscal Latinoamericana. Valerdi estuvo en Lima en el II Encuentro Latinoamericano de Periodistas de Investigación, “El caso Lava Jato y el mundo offshore”, organizado por Convoca y la Red Latinoamericana sobre Deuda, Desarrollo y Derechos (Latindadd).

Otra Mirada conversó con él a propósito del protagonismo cobrado por las guaridas fiscales en el caso de corrupción más grande de los últimos años en América Latina.

ORIGEN DE LOS PARAÍSOS FISCALES
Una de las primeras menciones de “paraíso fiscal” proviene de la traducción del término inglés tax haven, que literalmente significa “refugio fiscal”. Valerdi considera que se hizo una mala traducción adrede.

“Paraíso originalmente en inglés es heaven. Pero cuando se hace las primeras traducciones a las lenguas nativas, en primer lugar el francés, a inicio del siglo XX se traduce como Paradise porque había una excusa de los neoliberales de que los gobiernos populistas o de izquierda estaban tratando de quitarle a los ricos su dinero, o a los productivos que ‘han ganado con el sudor de su frente’, entonces los estados son para ellos un infierno de impuestos, burocracia y demás que le quita el dinero robárselo, repartirlo a los pobres u otras cosas burocráticas. Entonces ellos dicen ‘tenemos que huir’”.

Y esa huida tiene que ser a algo que represente un paraíso “con toda la connotación religiosa que tiene la palabra. El ‘paraíso’ que te mereces por la labor que hiciste. En ese paraíso, los neoliberales no tienen burocracia, hay más fluidez para el negocio y no existe la tributación desenfrenada y no hay regulación de ningún tipo”, señala Valerdi.

LAVA JATO: ¿corrupción desde la izquierda? 

Respecto a las voces que aseguran que el caso Lava Jato marca la pauta de una corrupción de sectores progresistas y de la izquierda latinoamericana, Valerdi considera que se trata de una situación que encontró a gobiernos de esta tendencia, pero que las empresas tampoco dejaron escapar a políticos de otras tendencias.

“Creo que Brasil, desde el inicio del siglo ha tratado de imponerse como potencia mundial. Su PBI, sus recursos naturales, lo hacen despegar como potencia mundial, lo lleva a un juego de imponer a sus transnacionales en la región, en este caso su petrolera (Petrobras) y su constructora (Odebrecht) sin importar los colores políticos. Era una política de Estado llevar sus transancionales, así como fue política para Estados Unidos, Francia, o ahora los chinos.”

Sin embargo, el investigador argentino identifica una diferencia bastante marcada: “el financiamiento que veníadel Banco Nacional de Desarrollo de Brasil y de todo el tema de la corrupción”.

“En el caso de otras potencias el financiamiento que acompañaba a las obras y licitaciones que por lo general eran digitadas venían de los organismos multilaterales como el BID, el Banco Mundial y siempre fue manejado por la comunidad anglosajona. Estas potencias usaron estos organismos para uniformizar la presencia de sus empresas, sin sobornar, sino a través de consultorías que concluyen con la ‘necesidad’ de tener una empresa anglosajona o estadounidense que debía entrar en nuestros países. Comparado con Brasil y Odebrecht, es solo una diferencia de metodología.”

La corrupción y su efecto sobre la ciudadanía
Un peaje que aumenta cada cierto tiempo, una represa que no aguantó una inundación, una planta de agua que no funcionó durante la emergencia. La corrupción golpea al ciudadano, más de lo que quisiera aceptar. Para Valerdi, la corrupción pública y privada atenta contra la calidad de vida de la gente.

“En el caso de Odebrecht, pagó 800 millones de dólares en coimas para ganar 3 mil millones de dólares más de lo que ganaría normalmente. Esos tres mil millones y pico fueron pagados de más por la gente en impuestos o lo pagó y no llegó a los servicios públicos. Si hay más de tres mil millones como ganancias indebidas o sobornos, eso no fue invertido en obras y eso la gente no lo ve, entonces cuando hay una inundación porque no hay una obra adecuada eso es por la corrupción, o si se hacen mal las obras y no cumplen con los requisitos técnicos porque se dedicaron a robar, tenemos como resultado un camino mal hecho, un puente que se cae o una represa por la que se pagó mucho y no sirvió, y eso le hace daño a la gente”.

Esa corrupción pega en el bolsillo de la gente. Tal cual y no solo pega en el bolsillo, sino también en los servicios públicos tradicionales y en obras que no funcionan para lo que fueron diseñada o impactan en el medio ambiente y no tiene sentido, como ocurrió en España que han hecho una cantidad inmensa de aeropuertos que nadie usa y han generado un alto impacto ambiental.

O lo sientes cuando pasas por una carretera y terminas pagando un peaje que sube cada seis meses. Claro, porque es una carretera que por ahí está sobredimensionada para la zona y te tienen que cobrar un peaje monstruoso porque van renegociando cada cierto tiempo, para cubrir la coima o los sobrecostos. Es una bola que crece.

 

NOTA DE PENSAR AL SUR

ANEXO CURIOSO

Prologo del libro "Ojos Vendados: Estados Unidos y el Negocio de la corrupción en América Latina",  del comunicador político fuerte representante de los intereses de USA en América Latina, Andrés Oppenheimer 

Este libro puede ser leído como una novela, pero todos los nombres y acontecimientos que aparecen en las páginas siguientes son reales, producto de una investigación que llevó cuatro años e incluyó más de 300 entrevistas en 5 países. Su objetivo es relativamente sencillo: demostrar que el cáncer de la corrupción está tan avanzado en las democracias emergentes de América Latina, que difícilmente podrá ser extirpado o por lo menos detenido  sin medidas drásticas de ayuda por parte de Estados Unidos y Europa.

Hasta el momento, el debate sobre la corrupción en Latinoamérica se ha centrado casi exclusivamente en los funcionarios públicos que han acumulado fortunas fabulosas a costa de sus países. La corrupción es vista como un problema de las naciones en desarrollo, como las devaluaciones y el agua sucia. Pero pocos han hablado de la otra cara de la moneda: el papel de las corporaciones multinacionales y los gobiernos de los países industrializados en los escándalos de corrupción que han sacudido a la región. Es hora de analizar el tema y buscar soluciones consensuadas que ayuden a todos. Ya sea en la Argentina, México, Colombia, Perú, o en la misma España, existe un consenso cada vez mayor de que la corrupción se ha convertido en uno de los principales frenos al desarrollo económico. Las reformas económicas de libre mercado en muchos casos no se han traducido en una mejora palpable en el nivel de vida de la gente, especialmente de los trabajadores y las clases medias, porque en muchos países los funcionarios públicos y sus amigos en el mundo empresarial las han implementado en beneficio propio. En muchos países de la región el "amiguismo", las conexiones políticas y regalos se han convertido en las claves del éxito económico, en lugar de la modernización de las empresas y el riesgo empresarial. Ha llegado la hora de hacer valer el capitalismo sin amiguismo. La lucha contra la corrupción no es sólo un imperativo moral sino económico. En países donde los contratos se consiguen con sobornos y no por medio de una competencia abierta entre las empresas, los que pagan el precio son los ciudadanos comunes. Estos últimos terminan pagando un costo más alto por obras públicas de menor calidad y servicios estatales menos eficientes por no haber sido licitados al postor más competente".
 


Fuente: Diario Uno -Lima